El juego bélico y mediático que ha caracterizado la llamada guerra de Estados Unidos-Israel e Irán, continúa azotando los mercados con incontrovertible impacto negativo sobre las economías.

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La República Dominicana no escapa a esta embestida foránea que le ha sumado a las secuelas de la pandemia del Covid, la guerra de Rusia y Ucrania y las fallas de un Estado deficitario, una creciente y nociva incertidumbre.

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Ese rejuego tormentoso genera una sostenida volatilidad en los precios de productos altamente estratégicos, como el petróleo, que rompe con la programación para la producción y comercialización y abasto de numerosos bienes y servicios.

Los niveles de tensión dentro y fuera de la zona de guerra son igualmente calamitosos para una población mundial en vilo, injustamente constituida en la gran perdedora de esta confrontación de carácter esencialmente geopolítico y económico con intereses marcados.

Más que abrir trincheras políticas locales con polémicas estériles, el país necesita de propuestas y acciones responsables ante las secuelas de estos fenómenos sobre el ya resentido cuerpo social, sobre todo entre los más vulnerables.

No es tiempo de politiquería ni de populismo. Pero mucho menos de mayores cargas sobre la población de la naturaleza que sea.