La reforma del Código Penal, tarea que nos hemos planteado desde hace varias décadas, y cuya entrada en vigencia está contemplada para agosto próximo, ha traído consigo variados y sostenidos cuestionamientos que merecen plena atención.

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Decenas de cambios en su articulado sometidos al Congreso Nacional, planteamientos de posposición en su entrada en vigencia, hasta su retiro definitivo por alegada violación a la Constitución de la República, han marcado el debate, incluyendo movimientos de protestas ciudadanas.

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Se trata de un proceso complejo, propio de cambios como los que ciertamente precisa ese ordenamiento jurídico en diferentes áreas ante una sociedad que marca nuevas rutas y modelos de desarrollo y convivencia social.

Siendo así y en medio de serias dificultades por las que atraviesa la nación, impactada por un entorno hostil repleto de incertidumbre, junto a fallas y demoras en la aplicación de políticas públicas y reformas estructurales, plantearse un aplazamiento prudente en la aplicación del nuevo Código Penal que abra paso a propuestas que puedan evitarnos mayores traumas, no resultaría para nada ocioso.