José Rafael Sosa
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Acudimos a ver Solos, de la compañía Otro Teatro, en la última de sus funciones en Casa de Teatro, y nos agradó sentir que presentaba un tema generalmente invisible cuando de hombres se trata: la capacidad de expresar los más profundos sentimientos frente a los tabúes que impone el medio social, y máxime sobre un texto escrito por una mujer.
Tres hombres que tienen por costumbre jugar dominó en una de las esquinas de un barrio popular se ven obligados a hablar sobre la inesperada ausencia de un cuarto jugador habitual. No saben, al momento de extrañarlo, que se ha suicidado.
Cuando se enteran, rehúyen el tema, rechazan entrar en su complejidad y van soltando ideas que revelan la coraza machista que pospone la introspección, el análisis de los sentimientos y el autoexamen de la salud mental masculina.
Roberlitza Pérez, dramaturga, actriz y directora, se licenció para incursionar en una temática tan masculina como escasa: la necesidad de las normas y valores de una nueva masculinidad que no tema a la subjetividad ni al autoanálisis.
Tres intérpretes versátiles, que alcanzan una vigorosa interrelación, tienen sobre sus hombros el peso de transmitir al público su mundo, ahora cargado de temores e incertidumbres de género.
A los hombres no se les enseñó, desde el inicio de sus vidas, a valorar y gestionar sus sentimientos menos exhibibles, sus temores innombrables ni sus vacilaciones vergonzantes. La dinámica social condiciona a los hombres a tocar solo los aspectos desechables de la conversación (el calor, las quejas por la carestía, lo necias que son sus mujeres); pero cuando llega el turno de la angustia profunda, de la pregunta sin respuesta, entonces desaparecen todas las referencias. Y solo queda espacio para el silencio y la vergüenza.
La autora de esta dramaturgia, con una clara intencionalidad, teje una trama, elabora unos diálogos y establece orientaciones y señales para que los tres actores generen una expresividad que los irá exponiendo en revelaciones sucesivas, en aproximaciones a los dramas innombrables de cada uno.
Tomás (Gilberto Hernández), dueño del taller de mecánica, es el padre tradicional de entre 50 y 60 años que provee en su casa, pero que, por tradición, no se permite llorar. José Manuel (Richarson Díaz) es un profesor de mediana edad que reconoce la importancia de mostrarse vulnerable, pero siente que su vida se puede desmoronar si lo hace. Y Carlitos (Miguel Oniel) es un joven amante de la tecnología incapaz de relacionarse con otras personas, encadenado a la dependencia de su nuevo hogar digital: las pantallas.
Los tres, junto al cuarto jugador que ya no aparecerá más porque decidió no estar, pasan por el umbral de una crisis inesperada: una muerte que los lleva a desnudar su interior. En este proceso se evidencia que los hombres están formados para ser indiferentes a los eventos que afectan su salud mental y su capacidad de relacionarse con efectividad ante las situaciones dramáticas y cruciales de la vida.
Tanto Gilberto Hernández como Richarson Díaz echan mano de su veteranía actoral, dominan los cambios de situación y van de la gracia y la empatía del humor al drama vinculado al tema. Por su parte, el más joven, Miguel Oniel (a quien no habíamos visto), revela una gran capacidad para cumplir su cometido con una expresiva fórmula de movilidad gestual y una agradable gestión de su voz.
Escénicamente, el diseño de movimiento es danzado y simbólico, y nos recuerda estampas de algunas piezas nacionales e internacionales en las cuales se utiliza esa técnica de movilidad pausada; pero en modo alguno se trata de un préstamo artístico indebido. Se justifica cada giro, cada expresión resaltada. La obra tiene momentos de plasticidad visual que se asemejan a cuadros: es, para el espectador, como pintar con cuerpos.
El diseño de luces y la caracterización de los personajes sugieren inteligencia y un sentido de la perspectiva adecuado. Se trabaja a fondo el contraste entre la luz y la oscuridad, delineando a los personajes en su aureola para resaltar sus angustias.
La pieza de Roberlitza Pérez tiene la clara intención de proyectar una perspectiva distinta sobre la salud mental y la vulnerabilidad emocional de los hombres.
Lo que encontramos fuera de lugar fue el poema del final, que nos pareció discursivo y desde un pedestal aleccionador que nos hizo ruido. Pudo haberse dispuesto mejor un texto tan hermoso y no colocarlo como la lección a ser aprendida. El espectador no es un alumno, ni el actor un maestro que dicta normas morales; bastaba con el desarrollo previo.
Solos, de Roberlitza Pérez, transforma una reunión ritual para jugar dominó en una expiación a fondo de la masculinidad caribeña, influida por el machismo heredado de lo hispánico y lo árabe.
La pieza tiene el valor de acercarnos a la salud mental masculina por medio de personajes reconocibles e identificables por lo sencillos y accesibles, y pone en común el silencio emocional de los hombres y su propósito, mostrar que hay que pedir ayuda, hablar del dolor y no demostrar falsas fortalezas.
Créditos y ficha técnica
Dramaturgia y Dirección: Roberlitza Pérez
Producción General: Otro Teatro SRL
Coordinación de Producción: Karina Valdez y Solanyi Gómez
Elenco: Richarson Díaz, Miguel Oniel y Gilberto Hernández
Escenografía y Vestuario: Mary Cruz Paniagua
Asesoría Coreográfica: Genesis Brito
Música: Oscar Olmo – Concón Quemao
Voz en off (Presentadora de Noticias): Sonya Peña
Asesoría en Salud Mental: Wendy Alba – Colectivo Salud Mental
Diseño de Iluminación: Isaac Núñez
Diseño Gráfico: Rainer Collado
Fotografía Oficial: Guillermo Oviedo









