Milton Olivo

Thank you for reading this post, don't forget to subscribe!

Toda organización política que ha alcanzado el poder enfrenta tarde o temprano una prueba decisiva: distinguir entre lo que le conviene a sus dirigentes y lo que le conviene al partido.

Publicidad

El Partido Revolucionario Moderno se acerca a uno de esos momentos.

Las elecciones de 2028 no serán una simple competencia entre partidos. Serán un examen sobre la capacidad del PRM para renovarse, interpretar el sentir nacional y presentar una propuesta que vuelva a entusiasmar a una ciudadanía cada vez más exigente.

La primera realidad que debe ser reconocida es que ningún partido gana una elección presidencial únicamente con su militancia. Las estructuras ayudan. Los dirigentes movilizan. Los equipos organizan. Pero las elecciones nacionales las decide la opinión pública.

Y es precisamente ahí donde surge el principal desafío.

Mientras varios aspirantes han iniciado tempranamente la carrera presidencial, los niveles de simpatía del partido han mostrado señales de desgaste.

No necesariamente por las cualidades o defectos de los aspirantes, sino porque la sociedad dominicana parece estar enviando un mensaje claro: quiere algo diferente.

Quiere resultados.

Quiere honestidad.

Quiere eficiencia.

Quiere líderes que puedan exhibir realizaciones antes que promesas.

La pregunta estratégica para el PRM no debería ser quién tiene más estructura interna ni quién controla más dirigentes. La verdadera pregunta es quién tiene la capacidad de ampliar la base electoral del partido, atraer a los independientes y sumar a aquellos dominicanos que hoy observan la política con escepticismo.

La historia demuestra que los partidos permanecen en el poder cuando logran interpretar correctamente el momento histórico que viven las sociedades.

Y el momento actual parece favorecer a los gerentes antes que a los políticos tradicionales; a los ejecutores antes que a los oradores; a quienes muestran resultados antes que a quienes ofrecen discursos.

En ese contexto, comienza a llamar la atención el fenómeno político que se desarrolla en Santo Domingo Este.

Dio Astacio no ha construido su figura sobre la confrontación ni sobre campañas permanentes. Su principal activo ha sido la gestión.

Al frente de la ciudad más grande de Centroamérica y el Caribe ha proyectado una imagen de administrador eficiente, creativo y comprometido con soluciones concretas.

Más importante aún, ha introducido una visión del desarrollo basada en fortalecer los municipios como motores económicos y sociales, una perspectiva que podría aportar nuevas respuestas a viejos problemas nacionales.

No se trata de proclamar candidaturas ni de adelantar decisiones que corresponden al partido y a sus organismos. Se trata de reconocer una realidad política que comienza a ser comentada en distintos sectores de la sociedad.

Si el objetivo del PRM es conservar el poder en 2028, deberá pensar más allá de las simpatías internas y concentrarse en quién posee la capacidad de generar entusiasmo nacional.

Porque las convenciones se ganan con dirigentes.

Pero las presidencias se ganan con el pueblo.

Y si ese termina siendo el criterio determinante, el liderazgo de Dio Astacio será una variable que difícilmente podrá ser ignorada en la ecuación política del 2028.

El tiempo tendrá la última palabra. Pero la reflexión estratégica debe comenzar desde ahora.