Sergio Sarita Valdez

Thank you for reading this post, don't forget to subscribe!

Los períodos más vulnerables del ser humano están enmarcados en los dos extremos de la vida, la infancia y la senectud. Esto es así debido a una serie de factores entre los que se destacan el estado de las defensas orgánicas.

Publicidad

Al momento de nacer dependemos de la inmunidad que la madre nos haya transferido a través de la placenta y a partir de entonces estaríamos a merced de los anticuerpos que ella nos suministre durante la lactancia.

A partir de ahí nuestro sistema de defensa irá madurando y desarrollando las propias herramientas con las que enfrentaremos todo tipo de amenaza o insulto a la integridad orgánica. Una balanceada alimentación junto a los oportunos esquemas de vacunación garantiza un sano crecimiento con una baja morbilidad y mortalidad. Recordemos que los accidentes caseros y escolares suelen ser más frecuentes en la infancia. Opinando a través del prisma de las autopsias diríamos que en el suelo dominicano la prematuridad, enfermedades cardiacas congénitas, infecciones virales de las vías respiratorias y el tracto gastrointestinal, aunadas a la desnutrición engloban las causales más comunes de muerte en niños. Notamos un incremento notable de fallecimientos infantiles en aquellos de origen haitiano y en menor proporción venezolano.

Nuestros ancianos fallecen debido a trastornos cardiovasculares de origen arteriosclerótico, hipertensión arterial, enfermedad pulmonar obstructiva crónica, trastornos renales, Alzheimer, diabetes mellitus e infecciones. Existe un sabio refrán antiguo que reza de la manera siguiente: “Dime cómo fueron tu niñez y adolescencia y deduciré tu comportamiento de adulto, así como tu vejez”. El adulto mayor es un almacén de errores con carácter acumulativo. La calidad de la alimentación, su cantidad y oportuna disponibilidad son un ingrediente de primera categoría en la receta geriátrica. El ejercicio físico, la ambientación social y un agendado chequeo médico son hábitos de vida de inmenso valor preventivo.

Resulta doloroso tener que admitir la orfandad crónica a nivel nacional de políticas públicas gubernamentales que tengan siempre en mente la existencia de una creciente población envejeciente. En el terreno práctico los planificadores estatales solamente toman en consideración a las poblaciones infantiles, juveniles y adultas. Pensarían erróneamente que la mayoría de las personas completan su ciclo vital en la adultez. Cada día notamos un aumento en el número de ancianos lo que obliga a repensar la planificación del presupuesto nacional ante esta nueva realidad concreta. Ingenieros civiles, arquitectos, profesionales de la salud, abogados, economistas y políticos deben actualizar sus enfoques operativos haciéndolos amigables para sus congéneres entrados en edad.

Es ley de vida el nacer, crecer, multiplicarse, envejecer y morir. En esta dinámica secuencial podemos prever situaciones en base a la experiencia acumulada, asequible en fracciones de tiempo gracias a la disponibilidad de grandes bases de datos electrónicos con guías estadísticas e inteligencia artificial.

Abogamos por una niñez sana, robusta, educada y feliz que nos conduzca a una plena adultez socialmente responsable, pacífica e integrada, consciente de la llegada de un otoño que nos llevará a una calmada estación invernal, luego de la cual arribaremos al eterno sueño de la muerte. ¡Seguros al nacer, felices de vivir y tranquilos al morir!