José Ramón Peralta

Thank you for reading this post, don't forget to subscribe!

Mi exposición sucinta ante la jueza Altagracia Ramírez en el Cuarto Juzgado de la instrucción del Distrito Nacional:

Deseo dar gracias por permitir dirigirme a este honorable tribunal y ser escuchado por primera vez en más de 3 años.

Publicidad

Continúo con una reflexión que me ha acompañado en estos momentos difíciles y en mi comparecencia en los tribunales: “La justicia ciega no debería ser también sorda. Porque hay gritos que no se oyen en los tribunales, pero resuenan en la conciencia.”

Cuando apenas era un niño, mi infancia fue marcada por acontecimientos que definirían mi interés por la política. Mi padre, José Peralta Michel, padeció prisión en solitaria y torturas por atreverse enfrentar la dictadura de Trujillo, y mi tío, Alfredo Antonio Peralta Michel, fue fusilado con apenas 22 años de edad en Las Manaclas, junto al líder Manolo Tavarez Justo, por su valiente lucha en pro de la restitución de la Constitución de 1963. Que mi padre sufriera persecución política y mi tío ofreciera su vida por la democracia y la libertad me hizo crecer con una visión clara del verdadero significado de luchar para servir.

Durante ocho años, trabajé sin descanso junto a un equipo honesto, técnico profundamente comprometido. El Ministerio Administrativo fue llevado en nuestra gestión a mayores niveles de eficiencia y alcance.

Ninguna de estas ejecutorias propias de mis funciones ha sido cuestionada.

El Ministerio jamás fue mencionado ni señalado en un escándalo; ni durante, ni después de mi gestión.

Entonces, pregunto: ¿cuál auditoría del Ministerio Administrativo que me tocó dirigir ha revelado irregularidades? ¿Cuál circular firmada con instrucciones legítimas o ilegítimas ha podido ser mostrada aquí?

Acusación sin prueba fehaciente

Un análisis objetivo del expediente es suficiente para corroborar que aquí hay, de hecho, una acusación, pero completamente desprovista de pruebas fehacientes. De una sola prueba, y lo quiero enfatizar, una sola prueba que comprometa la responsabilidad penal nunca fue presentada.

Lo más grave es que la acusación no precisa una fecha, un día, una hora o una conversación específica que pueda ser mostrada como evidencia. Pero tampoco nadie que corrobore la existencia de esa supuesta reunión.

Es inconcebible que se intente sembrar una imputación de esta manera, y aún más inaceptable que hasta el día de hoy no haya sido formalmente interrogado ni escuchado para comparecer sobre esta terrible acusación. Simplemente se oyó a otro ya imputado y a mí no se me escuchó.

Además, se ha utilizado como única “evidencia” el testimonio contradictorio, por no decir fabricado, de un imputado que en 2021 declara una cosa y en 2022 afirma lo contrario, empleando los mismos cheques para justificar dos historias diametralmente opuestas para dos casos distintos.

¿A esto le llamamos evidencia contundente y acusación sólida? ¿A esto le llamamos justicia?

Daño por acusación injusta

Hoy, “no se es libre por pensar se es libre para acusar, bajo la errática creencia de que el linchamiento con palabras es justicia” (MB). Es como si el escarnio público fuera la pena en sí misma, y es precisamente lo que he tenido que soportar en silencio a lo largo de más de tres años de una investigación, sin fundamento ni pruebas en mi contra.

“El daño no se mide por la intención, sino por el resultado provocado” (MB). Se ha transgredido mi honor y el principio fundamental de la presunción de inocencia. He recibido una condena anticipada ante la sociedad, una sentencia mediática que me persigue.

«¿Acaso nuestra ley juzga a un hombre sin antes oírlo y sin saber lo que ha hecho?» San Juan 7:51

Aquí hay grandes servidores públicos que han sacrificado y sacrifican a sus familias y su bienestar particular, porque asumieron el compromiso de servir a la nación y lo han hecho y lo hacen con decoro, sin pedir nada a cambio. Mi paso por la administración pública y mi hoja de servicio fueron, son y serán siempre intachables.

Este proceso ha sido profundamente doloroso. No solo para mí, sino para mi familia, mis hijos, mi esposa, mi padre de 95 años y mis seres más cercanos, y doy gracias a Dios por darnos la fortaleza para enfrentarlo con dignidad y con el apoyo de tantas personas.

Yo no he solicitado privilegios. Solo he pedido ser escuchado, y ahora es que he podido hacerlo, y es el derecho que asiste a todo ciudadano. Hoy, me defiendo no sólo con palabras, sino con una vida pública y empresarial que, puedo asegurarle, resiste cualquier auditoría moral.

Un llamado a la justicia

La justicia no es una coyuntura, ni un linchamiento mediático, ni la aceptación de relatos que no pueden servir como prueba. La justicia, la verdadera justicia, se basa en hechos concretos, en pruebas fehacientes y en el respeto a la dignidad y el honor de cada ciudadano.

Le pido que no permita que la percepción reemplace a la evidencia, ni que la especulación suplante a la verdad. Permita que los hechos hablen por sí solos y que la inocencia prevalezca, no sólo por mí, sino por la contundencia de la ausencia de pruebas en mi contra.

Es momento de que la justicia respete su propio nombre. Es momento de que la razón prevalezca.

Deseo agregar unas palabras que me envió un gran amigo y dignatario de la Iglesia al escuchar mi intervención y que me conmovieron profundamente: “Aprendiste del Maestro, que es mejor sufrir la injusticia que cometerla”.