José Rafael Sosa
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SANTO DOMINGO.— Al salir de la presentación de Brito, que concluye este fin de semana su lastimosamente breve temporada de apenas dos fines de semana, la sensación que invade al espectador excede los límites de la satisfacción: queda, sobre todo, la certeza de haberse sentido respetado por la labor artística de un colectivo que supo entregar mucho desde el escenario para cumplir el cometido de contar la historia de una vida ejemplar.
Como producción teatral, Brito debe figurar en los espacios de la crítica y en la valoración del público como una de las expresiones escénicas mejor logradas de 2026. Lo consigue a partir de su tema y de su personaje; de una dirección que logra administrar con solvencia los diferentes planos temporales de una existencia tan rica, variada, gloriosa y, finalmente, trágica y miserable; del conjunto de actuaciones de un elenco de primera consideración; y del uso preciso de la iluminación, con un inteligente manejo de las sombras, además del vestuario, la peluquería y una escenografía grácil, puntual, práctica y simbólica.
El montaje es impecable, emocionalmente penetrante y de elevado valor desde la perspectiva del patrimonio cultural e histórico que involucra la obra, la vida y la muerte de Eleuterio Brito —descubierto en un parque de Santiago, siendo todavía un jovencito que limpiaba zapatos, por Anita Pastor, personaje que también merece su propia reivindicación histórica.
Lo disfrutado es un verdadero concierto teatral, matizado por una calidad excepcional y tejido alrededor de un personaje que merece este y muchos otros homenajes, más allá de la designación con su nombre del Teatro Nacional Eduardo Brito, el escenario más alto y noble de la República Dominicana.
Entre las muchas formas de crecimiento social que proporciona el teatro existe una singularmente poderosa: presentar el pasado, rescatar sus recuerdos y sus figuras de mayor significado y colocarlos nuevamente ante la atención del público de hoy.
Lo actoral
Brito es un plato de delicias interpretativas.
La elección de Héctor Aníbal Estrella para encarnar a Eduardo Brito no pudo ser más acertada. Difícilmente se habría encontrado un actor que reuniera, al mismo tiempo, condiciones actorales y vocales y un parecido físico tan próximo al cantante puertoplateño. Se desempeña con entrega y, sobre todo, con un sentido de proximidad que le permite establecer un vínculo convincente con el público.
Elvira Taveras queda tal cual es: una maestra teatral, con una trayectoria respetable y una larga entrega a tantos personajes. Consideramos, sin embargo, que su selección para el papel de Rosa Elena quizá no fue la más acertada, debido a la diferencia de edad entre actriz y personaje. Es, naturalmente, un punto de vista.
Probablemente, Michelle Cruz —a quien no conocemos personalmente, y no es necesario conocer para valorar su trabajo— habría podido resultar una elección más adecuada. Dicho esto, no se trata en modo alguno de desmerecer la entrega de Elvira Taveras. Tal vez sea apenas un capricho de crítico y no tengamos razón. ¿Quién sabe?
Cruz, entretanto, hace con mucha gracia y acierto a La Francesita, Kiky y Monguita.
Augusto Feria estuvo brillante y, en el momento en que interpreta al Bartolo borracho en el manicomio, se roba toda la estelaridad. Su desempeño resulta memorable. Hace tres personajes: Juan González Herrera, Bartolo y Pancho García.
Ernesto Báez es un actor de tablas, de esos que saben asumir el escenario, y se entrega a la representación de Piro Valerio. Orestes Amador, por su parte, aporta una gracia particularmente caribeña al representar a Chispita, Actor 1 y Kid Chocolates.
Mención aparte merece Lidia Ariza, maravillosa en sus roles de la monja, la tía y la madre. Impregna sus personajes, especialmente los dos últimos, de una gracia popular y de un tigueraje auténtico.
Es una actuación secundaria que debería ser reconocida y premiada, aun cuando nuestros premios de arte casi nunca contemplan con la debida justicia los papeles no protagónicos.
La labor de Dunia de Windt
Iniciada como actriz en Teatro Gratey, Dunia de Windt descubrió más tarde que su mayor aporte al teatro debía estar en la producción, con una línea de trabajo orientada a ofrecer temas de alto interés histórico y literario; es decir, procurar una calidad trascendente desde la escena.
Esa decisión le ha demandado resistencia, perseverancia y un elevado grado de adaptabilidad en un entorno que no siempre resulta generoso cuando se trata de conseguir patrocinios para espectáculos de contenido trascendente.
Entre sus producciones teatrales figuran Nuestras Mujeres, de 2017, del dramaturgo francés Éric Assous, dirigida por Manuel Chapuseaux, quien se convertiría posteriormente en su director de mayor recurrencia; Arte, de 2018, de Yasmina Reza, dirigida por Elvira Taveras; El precio, de 2019, de Arthur Miller, con Indiana Brito a cargo de la dirección; Tu mejor enemiga, de 2022, del dramaturgo Jean Marbeuf, con dirección de Manuel Chapuseaux; La fiesta del Chivo, de 2023, adaptación de la novela de Mario Vargas Llosa, dirigida por Chapuseaux; El coronel no tiene quien le escriba, de 2024, basada en la novela de Gabriel García Márquez, también con Chapuseaux; Ahora que vuelvo, Ton, de 2025, a partir del cuento del narrador petromacorisano René del Risco, con dirección de Manuel Chapuseaux; y Dos viejos pánicos, de 2025, de Virgilio Piñera, dirigida por el cubano Raúl Martín.
Esta trayectoria permite entender que Brito no aparece como un hecho aislado, sino como parte de una línea de producción que apuesta por llevar al escenario asuntos, personajes y textos capaces de permanecer más allá de la temporada teatral.
¿Pero… y el patrocinio?
No se comprende que un montaje de esta calidad y con un tema de semejante trascendencia haya tenido, aparentemente, un respaldo mayor de patrocinadores.
Brito es un personaje crucial del arte nacional, considerado por conocedores, melómanos y críticos del arte musical como uno de los grandes —para muchos, el mejor— cantante dominicano de todos los tiempos. Es una opinión, naturalmente, discutible, pero revela la dimensión de la figura.
Se trata, además, de un artista cuyo nombre honra la máxima sala teatral del país; una vida que perfectamente podría inspirar novelas, documentales o cine de autor y cuya trayectoria estuvo matizada por episodios dramáticos excepcionales, tanto en su carrera nacional como internacional, además de una condición esencial: la de poseer una voz natural extraordinaria.
Por eso resulta inevitable preguntarse: ¿por qué una producción como esta no consigue un respaldo económico mayor?
El programa de mano ofrece una pista. Allí aparecen Banco Popular Dominicano, Cámara de Diputados, Banco BHD, diario HOY, Brugal, Seaboard, Grupo Estrella, Presidencia, Promipyme y Ministerio de Cultura. Una relación importante, pero, a nuestro juicio, insuficiente para una producción de esta naturaleza, particularmente cuando parte de esos respaldos parecen corresponder a intercambios.
La pregunta es inevitable: ¿Cuántos patrocinios millonarios se otorgan en este país a eventos de consumo cultural superficial y hasta desechable?
Hay que agradecer ese respaldo. Se trata de llamar la atención sobre la necesidad de vigorizar el apoyo al arte en general, especialmente cuando los proyectos comportan contenidos históricos, educativos, patrimoniales y de verdadera trascendencia cultural.
Es necesario revisar y fortalecer la Ley de Mecenazgo, sensibilizar al sector privado y estimular especialmente a aquellas empresas que participan habitualmente en programas de responsabilidad social y patrocinio cultural para que una parte mayor de esos recursos llegue a proyectos cuya importancia pueda trascender el entretenimiento inmediato.
Brito demuestra que cuando se conjugan historia, dramaturgia, música, actuación, producción y memoria cultural, el resultado puede ser mucho más que un espectáculo: puede convertirse en un acto de recuperación de la identidad nacional.
Y eso, precisamente, es lo que hace que Brito no sea solamente una obra teatral bien hecha.
Es memoria dominicana convertida en escena.









