Humberto Almonte 

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Analista de Cine

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A veces no salgo de mi asombro al oír a determinadas personas referirse a figuras o hechos históricos de la cinematografía dominicana. Aún más me llama la atención por ser los opinantes cineastas o profesionales del sector audiovisual a quienes se les presumen conocimientos de la historia del cine nuestro, pero lamentablemente se confunden o ignoran, algunos inconscientemente y otros adrede, los datos puros y duros. 

Al morir Eduardo Palmer, figura importante del cine dominicano, uno que otro le otorgo el título de “Padre del cine dominicano” al fundador en 1963 de la productora Fílmica Dominicana donde creció toda una generación del audiovisual local amparados en su potente infraestructura técnica. 

Por otro lado, se atribuye, en algún sector provincial, al actor y cineasta puertoplateño Camilo Carrau ser el realizador de la primera película dominicana y por lo tanto el primer director de cine del país, en este caso “La Silla”, pero resulta que esta película de 1963 fue dirigida por Franklin Dominguez, siendo Carrau el actor de la misma. 

Todas estas afirmaciones son muy imprecisas o en ocasiones originadas por el aprecio y el respeto hacia estas figuras, pero decir, como expresó un ponente de un panel en una actividad de un organismo oficial a donde yo asistía, que la historia del cine dominicano inicia con la ley 108-10, es decir que el cine dominicano nació en el 2010, es un exceso imperdonable. 

https://www.youtube.com/shorts/VZJdbFA54W4?feature=share 

Si existe un padre del cine dominicano lo es Francisco Arturo Palau Pichardo, realizador de “La Leyenda de Nuestra Señora de la Altagracia” en 1923, primera película dominicana. Y si tenemos que elegir a una madre de nuestro cine esa sería la santiaguera María Steffani, quien en los años 20 filmó reportajes como el recibimiento del boxeador vasco Paulino Uzcudun y el desembarco de la misión Dawes, exhibidos en las salas de cine de la época. 

El título de pioneros le corresponde además de a Palau y a Steffani, al montecristeño Tuto Baez, a Adán Sánchez Reyes, Salvador Sturla o a Manuel Báez. Eso, si queremos hacer honor a la precisión histórica, se basa en documentos e investigaciones como las del padre jesuita José Luis Sáez en “Historia de un Sueño Importado”, a quien le debemos muchos de los datos de este artículo. 

A las pruebas me remito 

En su libro “Las Salas de cine de la República Dominicana”, Historia, Desarrollo y Evolución de la Exhibición y Distribución Cinematográfica, de los investigadores Félix Manuel Lora y Martha Checo, se afirma en la página 49 que la primera proyección de una película en nuestro país se produjo en el mes de julio del año 1900 en la ciudad de La Vega, organizada por el empresario italiano Francesco Grecco. La edición de esta obra del 2020 corrió a cargo de la Dirección Nacional de Cine (DGCINE).

Aunque en “Historia de un Sueño Importado” del profesor e historiador Sáez se fecha la primera proyección de una película en una noche de agosto en Puerto Plata, el autor acude a la salvaguarda profesional al escribir en la página 27: «La historia del cine en la Republica Dominicana, hasta donde nos permiten llegar las pruebas documentales.», todo un ejercicio de rigor histórico y honestidad intelectual en el libro cuya primera edición es de 1982, por la Editora Siboney.

Los datos de Félix Manuel Lora y Martha Checo trajeron algunas afirmaciones de sectores y personas de Puerto Plata inconformes con la perdida de esa primacía, pero los autores afirman contar con los documentos que validan su discurso, por lo tanto, para desmentirlos es necesario presentar las pruebas documentales demostrando su posición, pues así se sostienen o desmienten los hechos históricos.  

El cine local cuenta con una bibliografía muy escasa en la Republica Dominicana, y eso se convierte en un factor importante, no el único, de afirmaciones carentes de un mínimo rigor histórico en las discusiones de los hechos alrededor de la cinematografía dominicana. 

La precisión implacable de la historia 

Técnicamente los cineastas e integrantes de la industria deberían tener un conocimiento profundo de los hechos que conforman la historia de su profesión para discutir sobre visiones de esa historia, pero es imposible hacerlo asentados en el desconocimiento, la ignorancia o las imprecisiones sobre tales acontecimientos. 

Está claro quiénes son los padres o las madres de la cinematografía dominicana, tenemos constancia documental de la identidad y el valor de los llamados pioneros, y podemos enmarcarlos entre los años 1922 y 1950, basándonos en las investigaciones y los datos corroborados de los autores antes mencionados. Así, el conocimiento de los hechos históricos de nuestro cine quizás no nos haga libres, pero si más cerca de la real historia del cine dominicano.

Nota: Sobre quienes afirman que las películas de Palau no cuentan como las primeras ni lo hacen merecedor de ser reconocido como padre de nuestro cine, pues son cortometrajes, y por esta razón no me tomare la molestia de considerarlo un argumento estéticamente válido.