Danylsa Vargas

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La muerte de Michael Peluche terminó convirtiéndose en mucho más que el desenlace violento de una vida.

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¡Se convirtió en espectáculo!

Las imágenes, los videos, las declaraciones de mujeres que aseguran haber sido sus parejas, las escenas alrededor de su cadáver y la exposición pública de relaciones que hasta ayer pertenecían o debieron pertenecer a la intimidad, terminaron revelando algo mucho más incómodo que la vida sentimental de un hombre.

Nos revelaron la realidad de una parte de nuestra sociedad.

Y quizás por eso este episodio merece ser mirado con menos morbo y mucha más atención.

Porque no se trata de juzgar a las mujeres que lloraron su muerte. Cada quien tiene derecho a vivir su duelo desde su propia historia.

Tampoco se trata de cuestionar quién fue pareja de quién.
La pregunta que debemos hacernos es otra:

¿En qué momento el peligro comenzó a convertirse en un atractivo?

Durante años hemos visto crecer en las redes sociales una estética donde el dinero rápido, los vehículos de lujo, las armas, las fiestas, las múltiples mujeres y la capacidad de desafiar las reglas son presentados como símbolos de poder.

Y cuando esa imagen se mezcla con violencia, el problema deja de ser individual.
Se convierte en un fenómeno cultural.

Michael Peluche se convirtió en un personaje.

Y antes de hablar de las circunstancias que rodearon su vida y su muerte, buena parte de la conversación pública se desplazó hacia las mujeres, las relaciones, las fotografías, los videos y quién tenía derecho a llorarlo.

El cadáver dejó de ser solamente un cadáver. Se convirtió en contenido.

El duelo se convirtió en contenido.

La intimidad se convirtió en contenido.

Y nosotros consumimos ese contenido.

Ese es, quizás, el espejo más incómodo.

Porque las redes sociales no inventaron el fenómeno. Lo amplificaron.

Cada reproducción, cada comentario y cada publicación compartida puede contribuir a convertir una vida controversial en una narrativa atractiva, entretenida y, en algunos casos, aspiracional.

No deberíamos quedarnos solamente en: ¿Cuántas mujeres tuvo Michael Peluche?

Deberíamos preguntarnos: ¿Por qué tantas personas encontraron atractivo el personaje que construyó?

Porque el problema no termina con la muerte del personaje. El verdadero desafío está en lo que queda después.

Michael Peluche murió, pero el personaje construido alrededor de su vida puede seguir viviendo en las redes.

Y quizás esa sea la parte más peligrosa de esta historia.

Porque cuando convertimos al protagonista de una vida marcada por la violencia en una celebridad, corremos el riesgo de que otros jóvenes no vean el final de la historia.
Que solamente vean el espectáculo.

Y cuando una sociedad deja de ver la tragedia y comienza a consumirla como entretenimiento, ya no estamos hablando solamente de un muerto.
Estamos hablando de nosotros como sociedad.