Marc Mejía

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El cine no nació contando historias, pero aprendió a hacerlo a través de rupturas, intuiciones y cambios culturales. Hoy conviven múltiples formas de narrar, en un lenguaje que sigue transformándose junto al espectador

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El cine no siempre supo contar historias. Al principio, simplemente mostraba cosas. Un tren llegando a una estación. Obreros saliendo de una fábrica. Pequeños momentos capturados sin intención de ir más allá. Lo sorprendente no era lo que se veía, sino el hecho mismo de poder verlo en movimiento.

Con el tiempo, eso cambió. Pero no de forma ordenada.

La narrativa cinematográfica no avanzó como una línea recta. Más bien fue un proceso irregular, lleno de rupturas, descubrimientos y momentos en los que alguien entendió algo antes que los demás. Guerras, avances tecnológicos, cambios sociales… todo eso fue empujando al cine hacia nuevas formas de contar.

Cuando el cine solo observaba

En 1895, en París, los hermanos Louis y Auguste Lumière presentaron el cinematógrafo. En ese momento, nadie hablaba de narrativa. Era, simplemente, una invención asombrosa. Las primeras proyecciones no buscaban contar historias. Eran registros: escenas cotidianas, instantes capturados casi como si el mundo se estuviera mirando a sí mismo por primera vez.

No había personajes, ni conflictos, ni estructura. Solo imágenes en movimiento. Sin embargo, algo empezó a cambiar.

Georges Méliès, ilusionista antes que cineasta, vio en ese aparato algo distinto. No solo una herramienta para registrar la realidad, sino para transformarla. Empezó a experimentar: desapariciones, cambios de escena, trucos visuales que hoy parecen simples, pero que en su momento abrían posibilidades completamente nuevas.

Películas como Viaje a la Luna (1902) no solo mostraban algo. Proponían una idea. Aun así, el cine estaba dando sus primeros pasos. No había reglas claras. Ni siquiera estaba del todo claro qué podía llegar a ser.