Elvin Castillo
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En política, el problema rara vez es lo que se dice. El verdadero problema suele ser cómo se dice, cuándo se dice, desde dónde se dice y quién lo dice.
El reciente discurso de Leonel Fernández sobre la crisis de Venezuela es, en términos formales, un discurso bien construido. Apela al diálogo, a la solución pacífica, al derecho internacional y al rechazo del uso de la fuerza. Todo eso, en abstracto, es impecable. Podría leerse sin dificultad en un foro académico o en una cumbre multilateral.
El problema es que Leonel no habla desde el abstracto. Habla desde una historia concreta, desde un contexto geopolítico específico y desde unas aspiraciones políticas que nadie ignora.
Leonel no es un observador neutral del caso venezolano. Su cercanía histórica con el chavismo, su rol como observador electoral en un proceso ampliamente cuestionado y su renuencia pasada a condenar con claridad los abusos del régimen de Nicolás Maduro pesan. Mucho. Y en política internacional, la percepción pesa tanto como el contenido.
Por eso, cuando cuestiona el uso de la fuerza por parte de Estados Unidos sin una condena previa, clara y contundente al origen del problema, el colapso institucional, el fraude electoral y la represión, el mensaje termina siendo asimétrico. Se cuestiona el método del que actúa, pero se suaviza la responsabilidad del que provocó.
Ese desequilibrio no es casual. Es leído. Y es interpretado.
Hay elementos históricos que hacen esa contradicción aún más evidente. En 2018, siendo Leonel Fernández presidente del PLD, el entonces presidente de la República, Danilo Medina, decidió no reconocer el triunfo electoral de Nicolás Maduro, ampliamente denunciado como fraudulento. Como gesto de condena, la República Dominicana retiró a su embajador en Caracas y se sumó a una posición regional de rechazo a ese proceso electoral.
En 2019, aún con Leonel presidiendo el PLD, el gobierno dominicano de su propio partido reconoció a Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela, alineándose con la mayoría de los países del continente y con la postura de la Organización de Estados Americanos, cuando Gedeón Santos era embajador ante ese organismo. Durante años, incluso bajo el liderazgo político de Leonel dentro del PLD, la línea del Estado dominicano fue clara en el desconocimiento del régimen de Nicolás Maduro.
Esa coherencia institucional se mantiene hoy. Bajo el liderazgo del presidente Luis Abinader, la política exterior dominicana ha sostenido una línea clara, predecible y consistente frente a la crisis venezolana. El gobierno dominicano no reconoce la legitimidad del régimen tras volver a robarse las elecciones en 2024, reafirmando una posición basada en el respeto al voto, la transparencia electoral y el orden democrático.
Y ahí es donde la contradicción actual se vuelve imposible de ignorar. En su alocución sobre la crisis venezolana, Fernández reconoció que el conflicto se detonó precisamente a partir del cuestionamiento al último proceso electoral en el que fue observador, afirmando que, al no haberse presentado las actas, Nicolás Maduro no podía proclamarse ganador.
Sin embargo, aun incluyendo ese señalamiento, Fernández ha sido históricamente cuidadoso al referirse a cualquier tema que de alguna manera señale directamente al chavismo, evitando una condena frontal en el mismo nivel en que cuestiona la actuación de otros actores.
Y es aquí donde resulta pertinente un marco más profundo, incluso moral, que ayuda a entender por qué la ambigüedad tiene costos. En el libro del Apocalipsis se advierte con crudeza sobre los peligros de la tibieza, no como una metáfora política, sino como una condición que genera rechazo. Apocalipsis 3:15–16, en la versión Reina Valera 1960, dice textualmente:
“Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente!
Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.”
Más allá de la fe, la enseñanza es clara. El mundo actual no admite medias tintas. Es imposible pretender estar bien con todo el mundo. Vivimos una suerte de reedición de la guerra fría, con nuevas características, nuevos actores y otros equilibrios de poder, donde las posturas, los hechos y los antecedentes preceden a los discursos.
Pero el problema va más allá de una contradicción diplomática. Es un problema de lectura política. Asumir que el diálogo sigue siendo una posibilidad real con un régimen que ha puesto de relajo a toda la región, incluyendo a la República Dominicana, a los organismos multilaterales y a la propia oposición venezolana, resulta cuando menos ingenuo.
La experiencia es contundente. Cada intento de diálogo con el chavismo terminó en burla, represión, torturas, encarcelamientos, persecución política y nuevos fraudes electorales. La oposición venezolana se cansó de dialogar. La comunidad internacional se cansó de dialogar. Los organismos multilaterales se cansaron de dialogar. Y la respuesta del régimen siempre fue la misma: ganar tiempo, dividir, reprimir y robar elecciones.
Plantear el diálogo como salida, sin reconocer ese historial, no solo es políticamente débil, sino que termina funcionando como una narrativa funcional a un régimen que ha hecho del falso diálogo una herramienta de dominación.
De cara a las elecciones de 2028 en la República Dominicana, hay un dato que ningún político serio puede ignorar. Donald Trump seguirá siendo presidente de los Estados Unidos. Y Trump no es un actor convencional en política internacional.
Él mismo ha afirmado abiertamente que ha apoyado y ha incidido en varios procesos electorales recientes en América Latina, respaldando candidatos afines a su visión y a sus intereses estratégicos. Trump no cree en la neutralidad diplomática ni en la distancia institucional. Cree en alineamientos claros, en lealtades políticas y en memoria. Y actúa en consecuencia.
Trump no olvida. No separa lo político de lo personal. Y castiga la ambigüedad.
A diferencia de otros actores políticos de la región que hoy intentan reposicionarse frente a Washington, Leonel Fernández no llega a este escenario sin antecedentes. Su historial de decisiones en política exterior, legítimas desde una visión soberana, pero claramente identificables, forma parte del archivo político de quienes hoy toman decisiones en Estados Unidos. En la era Trump, ese archivo no se borra, no se contextualiza y no se relativiza. Se utiliza.
A eso se suma el componente simbólico. La reciente foto de Leonel Fernández con Bill Clinton y Hillary Clinton puede ser legítima en lo personal, pero en política las fotos hablan. Y en el imaginario dominicano actual, los Clinton representan agendas que amplios sectores del país no ven con buenos ojos, particularmente en temas migratorios, de soberanía y de presión internacional sobre la República Dominicana.
Pero hay un antecedente aún más sensible en este tablero geopolítico. Siendo presidente de la República, Leonel Fernández restableció relaciones con Cuba y llegó incluso a traer a Fidel Castro al país. Fue una decisión soberana desde su visión de política exterior, pero que nunca fue bien vista por los sectores cubanos en Miami, históricamente influyentes en la política estadounidense y especialmente en el Partido Republicano.
Ese dato no es menor hoy. Basta recordar el peso político y la influencia de Marco Rubio en el actual gobierno de Estados Unidos y en la agenda hemisférica hacia Cuba, Venezuela y Nicaragua. No se trata de juzgar si esos vínculos fueron buenos o malos, ni de descalificar a quienes deciden tener relaciones con La Habana o con el chavismo. Cada país y cada líder escoge sus alianzas.
El punto es otro. Para quienes gravitan en este lado del planeta, y más aún en la región del Caribe, esas decisiones se vuelven políticamente complejas cuando se colocan en sentido contrario a la visión de un presidente como Donald Trump y del entorno que hoy controla buena parte del poder real en Washington.
Cuando se juntan todas las piezas, el discurso sobre Venezuela, el historial con el chavismo, la contradicción con la política oficial dominicana, el precedente de 2018, el reconocimiento de la falta de actas en 2024, el reconocimiento de Guaidó en 2019, la apuesta fallida por el diálogo, la crítica a Estados Unidos, la foto con los Clinton, el antecedente cubano y un Trump con memoria larga en la Casa Blanca, el mensaje que se construye, aunque Leonel no lo quiera, es claro. Ambigüedad donde se esperaba firmeza y doctrina donde se requería lectura del poder.
Eso no solo viaja a Washington. También conecta con un electorado dominicano cada vez más sensible a los temas de soberanía, migración y orden, y menos tolerante con ambigüedades diplomáticas.
El error de fondo de Leonel Fernández fue confundir coherencia doctrinal con oportunidad política. Habló como expresidente, como académico, como referente regional. No habló como candidato viable en un mundo trumpista.
La única lógica política que permitiría entender esa alocución sin asumir un error de cálculo es una hipótesis distinta: que Leonel Fernández haya decidido no competir por la presidencia en 2028 y optar por facilitar una transición interna que coloque a su hijo como relevo político. Bajo ese escenario, su discurso deja de leerse como el de un candidato y pasa a interpretarse como el de un líder que privilegia la coherencia doctrinal, la proyección académica y el posicionamiento histórico, aun a costa de las tensiones que eso genera en el tablero real del poder. Si ese fuera el caso, la postura frente a Venezuela sería coherente con ese rol. El problema es que nada de eso ha sido dicho, y mientras Leonel siga siendo percibido como aspirante presidencial, cada palabra será evaluada bajo las reglas implacables de la política electoral, no bajo las licencias del retiro estratégico.
No se puede afirmar que este episodio vaya a costarle una eventual presidencia en 2028. Sería irresponsable hacerlo. Pero sí es evidente que puede generarle situaciones innecesarias, frentes abiertos y tensiones evitables que, con otro manejo, sencillamente no habrían existido.
En política internacional, y más bajo Donald Trump, no existe el no me malinterpreten. Existe el esto fue lo que dijiste y cuándo lo dijiste.
Y aquí la política se parece más de lo que muchos creen a una escena clásica de las películas policiales. Al momento del arresto, el oficial siempre advierte lo mismo: puede guardar silencio o todo lo que diga podrá ser usado en su contra.
En política, especialmente cuando se aspira al poder, esa advertencia no es ficción. Es una regla no escrita. Y Leonel Fernández decidió hablar.









