Elvys Ruiz

Thank you for reading this post, don't forget to subscribe!

Durante su discurso inaugural del 20 de enero de 2025, el presidente Donald Trump invocó explícitamente el concepto de “Destino Manifiesto” para justificar una nueva visión de expansión espacial, presentando la exploración de Marte como la “nueva frontera” de la nación (White House, 2025). Esta apelación reactivó un imaginario profundamente arraigado en la historia política estadounidense.

Publicidad

El Destino Manifiesto, formulado por John O’Sullivan en 1845, funcionó como narrativa nacionalista que justificó la expansión territorial como mandato histórico inevitable. Sus pilares —expansionismo, misión civilizatoria y derecho divino— legitimaron la expulsión de pueblos indígenas y la guerra con México, consolidando la hegemonía anglosajona (New Republic, 2024).

Hoy, esa estructura ideológica reaparece con un rostro tecnológico, espacial y militarizado. En su discurso, Trump afirmó que Estados Unidos entraba en una nueva “Edad de Oro” y debía expandir su influencia hacia nuevos horizontes, incluso sugiriendo renombrar el Golfo de México como “Golfo de América” (White House, 2025). La ambición nacional se presentó como virtud y como motor de grandeza.

La expansión ya no apunta a las praderas del oeste, sino a territorios estratégicos como Groenlandia, Canadá y Panamá, así como a regímenes políticamente vulnerables como los de Venezuela, Cuba y Colombia. NBC News reportó que Trump expresó interés explícito en adquirir o controlar estos territorios, reactivando la idea de que el hemisferio occidental es zona natural de influencia estadounidense (NBC News, 2025).

Esta visión se enlaza con la Doctrina Monroe, proclamada en 1823, que advertía a Europa que no debía intervenir en el continente americano. En 2025, Trump reivindicó directamente esta doctrina, añadiendo un “Trump Corollary” según el cual los pueblos americanos —y no potencias extranjeras ni instituciones globales— deben controlar su destino hemisférico (American Presidency Project, 2025).

Estas ideas hunden sus raíces en Thomas Jefferson y John Quincy Adams. Jefferson defendió la separación entre el Nuevo y el Viejo Mundo, mientras que Adams advirtió que “América no va al extranjero en busca de monstruos que destruir”, temiendo que un intervencionismo agresivo corrompiera el espíritu republicano (Space.com, 2024).

El mito de que “la nación debe expandirse para protegerse” es engañoso. Detrás de esa frase se esconden intereses corporativos, ambiciones geopolíticas y la vieja obsesión de dominar el mapa. No existe un destino inevitable: existen decisiones políticas que se disfrazan de inevitabilidad para legitimar proyectos de poder.

Frente a esa narrativa, es posible imaginar otro destino: uno que no se impone, sino que se construye; que no se expande, sino que se comparte; que no conquista, sino que escucha. Porque el verdadero destino de los pueblos no es expandirse, sino liberarse.