Saturday, January 23, 2021
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Washington D.C.: un estado en guerra

Por Miguel Ángel Martínez

Los Estados Unidos ya no volverán a ser lo que eran hasta ahora. Su principal encanto se ha perdido rodeado de las tinieblas más escabrosas de un presente angustiante. Su democracia y su seguridad hoy presentan serias desgarraduras internas faltando apenas seis días para la juramentación del 46 presidente estadounidense.

Un hecho que sin duda pasará a la historia como uno de los más funestos para alumbrar los espacios de otras democracias igualmente infuncionales y desacreditadas del mundo subdesarrollado.

El simbólico estado de Washington donde se llevará a cabo la juramentación del demócrata Joe Biden, se encuentra completamente acordonado con militares, agentes secretos, policías de otros estados y efectivos regulares del Federal Bureau of Investigations, FBI. Y por igual, figuran otras tropas en sus cuarteles federales y estatales, listas para actuar ante probables hechos que atenten contra la seguridad de los eventos a ejecutarse con motivo de la juramentación del nuevo presidente estadounidense.

E inclusive, se ha impedido que los hoteles o casas de hospedaje de los suburbios distritales del estado, acojan a personas extrañas en previsión de que esas habitaciones sean ocupadas antes de la juramentación de Biden, por elementos terroristas que vendrían a esta capital para la ejecución de presuntos planes criminales.

La paranoia ante lo que pueda suceder, es ostensible, y sin antecedentes en las históricas tomas presidenciales en este país.

Miles de agentes de la Guardia Nacional se hallan dispersos en condiciones nunca vistas, por los brillantes e históricos pasillos y salones del Capitolio, a la espera de entrar en acción ante eventuales insubordinaciones de terroristas civiles, bien armados y entrenados, y que son partes de los mismos sediciosos que hace una semana ocuparon las instalaciones sagradas del Capitolio de los Estados Unidos.

Y todas las vías cercanas al Congreso están celosamente guardadas y vigiladas por cientos de agentes federales y distritales, que las han convertido en recintos militares con vallas y restricciones excepcionales, y solo compatibles con situaciones que nunca habían vivido los estadounidenses de las últimas seis o siete generaciones.

Igual celo, aunque con menos logísticas, existen en otros estados cuyas instituciones podrían ser vulnerables a los ataques de terroristas blancos disgustados con la asunción de mando demócrata, y con el impeachment aprobado por la Cámara de Representantes contra el presidente Donald Trump.

Están ausentes las sutiles celebraciones que con motivo a este magno evento de sucesión presidencial la democracia de este país acostumbra a percibir; y en cambio la tensión, aumentada ahora por un inminente nuevo juicio político al saliente presidente Trump, convierten a los Estados Unidos actuales,  en una nación muy parecida a las del Tercer Mundo en situaciones de crisis relevantes e institucionales.

La expectación está a la orden del día en un país que se resiste a creer que estas inauditas escenas estén sucediendo dentro de sus fronteras, y con un futuro extremadamente incierto atiborrado de intereses políticos muy discordantes. Hoy tenemos una crisis cuya solución está en manos del Congreso, de su inminente y cercano Presidente, y de las opciones que a su marco jurídico e institucional se les presenten en el desarrollo de eventuales e históricos acontecimientos nacionales inmediatos.

Entretanto, la crisis política nacional resultante de la ocupación del Congreso por hordas embravecidas partidarias del presidente Trump, sigue su curso en medio de la incredulidad, y con ingredientes cada vez más asombrosos.

El presidente electo Joe Biden está en los umbrales de ser juramentado como el primer mandatario con las hondas fisuras que presenta una sociedad en ebullición y con una histórica democracia rasgada, en un país profundamente dividido y amenazado.

Las certezas de la democracia estadounidenses han desaparecido para dar paso a un país pandémico en todos los órdenes de su nueva y enrarecida modernidad.

Una nación que presenta cifras actuales muy elípticas en su crecimiento económico, y presionada por los siniestros avances de la pandemia y por la lentitud en la aplicación de las nuevas vacunas, a ver acentuadas las ensombrecidas perspectivas económicas para los primeros tres meses del año que se inicia; en desventaja con otras naciones (especialmente China) que sí arrojan óptimos desenvolvimientos de sus curvas macroeconómicas a causa de su efectivo control del Covid-19.

De manera, pues, que la sociedad estadounidense de hoy es una referencia de incertidumbres manifiestas, de crisis recurrentes y sobre todo, de un país que observa atónito tras sus ventanas, acontecimientos nunca vistos en su decimonónica democracia.

Una democracia como jamás la soñaron sus líderes fundadores al trasplantarla a una modernidad severamente crítica, pero también, abrumosamente insólita.

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