Vivir en una casita a merced del mar no les impide soñar en convertirse en profesionales

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Por Omar Medina

BAHORUCO, Barahona.- Con mucha timidez a la presencia de extraños en su hábitat, hace dos años que una joven pareja de esposos vive como en la antigüedad, a la orilla del mar en una casa vieja, sin servicios básicos de agua potable, electricidad y sin acceso a un baño porque el mar lo destruyó, sus necesidades son hechas comúnmente en un monte que queda al frente de su casa, ese espacio verde es usualmente usado por los demás habitantes de las otras cuatro viviendas que hay en el lugar, construidas con las mismas características, tablas viejas, pedazos de zinc, palos carcomidos, pisos de tierra y cobijadas de palmas podridas; cuando llueve se mojan porque la cobija es tan vieja que perdió su ciclo vital de retener la lluvia.

El distrito municipal de Bahoruco queda justamente a 12 kilómetros al Sur del casco urbano de la ciudad Santa Cruz de Barahona, una comunidad perteneciente al municipio de La Ciénaga, poblados ubicados en la costa de Barahona.

A eso de las 11:00 de la mañana del sábado el joven Danyomar Díaz Reyes, de 20 años, se encontraba con un martillo y par de clavos oxidados tratando de colocar un pedazo de madera que encontró en el monte para cubrir una de las tantas hendijas de su destartalada vivienda, mientras bregaba con este oficio, al otro lado, una puerta hecha con una lámina de zinc podrida, con varios hoyos por el salistre, aguantada con tres bisagras de pedazos de gomas se movía de aquí para allá y de allá para acá por el viento.

“Aquí tenemos que dormir con un ojo abierto y el otro cerrado, estamos durmiendo en el mismo mar, a menos de 15 metros, tenemos dos años y algo viviendo en esas condiciones paupérrimas porque no dependemos de nada, ahora mismo me encuentro inhabilitado porque las quemaduras que sufrí el sábado primero de diciembre del año pasado en la explosión ocurrida en la mina de larimar, ese episodio me dejó la mano derecha casi inmóvil y desde entonces tengo que ir a Santo Domingo a rehabilitación”, cuenta Danyomar, cuyos padres tienen que empeñar una motocicleta o hacer otros líos para pagar los gastos que conlleva el viaje, y en otras ocasiones, ha perdido la fecha de la cita al especialista por la falta de dinero.

Dice que su “único medio de ingreso que teníamos era la recolección de las piedras que el mar saca hasta la orilla, Medio Ambiente tiene unos cuatro meses que clausuró la transportación de esas piedras y desde entonces pasamos hasta hambre. Yo me dedicaba a trabajar en la mina de larimar, pero ahí no vuelvo más porque siento temor a que ocurrirá esa explosión otra vez, recuerdo que los médicos no garantizaban mi vida, fue Dios que hizo un milagro”.

Reiteró que desafortunadamente nunca ha olvidado el primero de diciembre, ya que fue en esa fecha que resultó ser víctima de una extraña explosión de un vapor de agua caliente que subió de un momento a otro en un hoyo de la mina mientras busca piedras juntos a otros obreros que también resultaron quedamos, cuyas cicatrices han marcado su cuerpo como una mancha indeleble, las cuales son palpables y le hacen recordar aquel fatídico día. Estableció que duró una semana en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), en el hospital Ney Arias Lora, de Santo Domingo, desde entonces su vida cambió.

Dijo que es bachiller y que habría hecho las gestiones para enfilarse a estudiar en la extensión de la Universidad Autónoma Santo Domingo de Barahona, pero que a los pocos días desgraciadamente ocurrió la explosión en la mina, cuyo hecho le ha tronchado su futuro y el de su familia porque con su mano derecha no puede sostener el lapicero por los frecuentes calambres que siente.

Narró que la casa tiene más de veinte años construida y que ha sido embestida varias veces por el mar, es propiedad de un pariente de su mujer, quien le cedió uno de los dos cuartos que tiene la vivienda para que hagan su vida allí, rememora que durante la tormenta Olga en 2007 una crecida que el mar hizo trajo un enorme palo y destruyó la parte trasera de la vivienda, después fue remendada con parchos de zinc y madera vieja que otros botan y desde entonces se mantienen contra viento y marea.

No tienen servicio de electricidad, en horas nocturnas usan una lámpara o una vela, lo que aumenta el riesgo de que un siniestro la reduzca a cenizas porque una chispa podría hacer contacto con la madera o la palma reseca y provocar un desenlace fatal, el piso de la casa es de tierra.

Con pocos trates, apenas una silla plástica vieja, pero con mucha dignidad y un enorme deseo de estudiar para convertirse en una arquitecta y ayudar a sus padres que son muy “pobres”, la joven Carmen Cleudy Ferreras Pérez, de 18, comenta que cursaba el cuarto del bachillerato en el liceo público y que no pierde la esperanza de un día ir a la universidad a estudiar arquitectura para ayudar a sus parientes, mientras encendía con un fósforo el carbón sobre un anafe para poner el caldero y cocer los pocos alimentos que pudieron conseguir ese día, hablaba “nosotros no cocinamos todos los días porque no tenemos dinero ni fuente de trabajo, en ciertas ocasiones hemos durado hasta una semana sin cocinar, gracias a la caridad de nuestros padres que entre veces nos “meten la mano” y nos mandan un “bocadito”. “Después que Danyomar se quemó no ha podido trabajar, se encuentra en licencia médica, de lo que nos estábamos sustentando era de la venta de las piedras de la playa, ahí era que se gana sus “pesitos” pero Medio Ambiente decidió suspender esa actividad y nos afectó económicamente, ya que la estamos pasando muy mal, no tenemos a que echarle mano”.

Aunque tienen una llave del acueducto que comparten común con los 20 habitantes, hay veces que el agua no llega, pero tienen que consumir ese líquido y cogen mucho parásito, ameba, “quisiéramos beber agua potable, de la buena, pero Imagínese, no tenemos recursos”, mi niña de tres años ha sido internada varias veces en el hospital Jaime Mota de Barahona por parásitos, diarrea y vómitos, sostiene que primero la han llevado a la Unidad de Atención Primaria (UNAP) local y de allí la mandan a Barahona.

Coincidieron en que nunca los políticos locales se han presentado allí para ayudarlos, por tal sentido,  pidieron al presidente Danilo Medina ir en auxilio de ellos, explican que no están viviendo allí porque quieren, sino por las limitaciones económicas que los afecta, ya que en esa población no hay fuente de generación de empleos donde ganarse en sustento familiar.

Mientras sus padres narraban su historia, la niña jugaba en el suelo con un trozo de palo porque carece de juguetes. “A veces los gringos vienen a bañarse al mar y le dan una muñeca con la que ella se entretiene” comentaron.

“Tenemos temor de lo que pueda pasar en tiempo de tormentas tropicales”, “yo me voy a la casa de mi mamá y mi esposo se va a la de sus padres”.