Por Mario Villar

Naciones Unidas. Nacida de las cenizas de la II Guerra Mundial, en sus 75 años de historia la ONU ha cumplido el gran objetivo de evitar otra contienda entre las potencias internacionales, pero se ha mostrado a menudo incapaz de responder a conflictos internos, a injerencias extranjeras y a grandes matanzas que pesan sobre su conciencia.

“Se ha dicho que Naciones Unidas no se creó para llevarnos al cielo, sino para salvarnos del infierno”. Esta frase fue pronunciada por su segundo secretario general, el sueco Dag Hammarskjöld, cuando la organización ni siquiera tenía diez años, pero sigue siendo quizás la cita más célebre sobre ésta.

Resulta también, para muchos analistas, una de las más acertadas: Naciones Unidas ha ayudado al mundo a evitar una III Guerra Mundial o un apocalipsis nuclear, pero obviamente está lejos de haber traído la paz a la Tierra.

El ambicioso proyecto fundado en 1945 no ha sido ni un fracaso rotundo como lo fue su precursora -la Sociedad de las Naciones, que apenas duró 27 años tras ser incapaz de frenar la II Guerra Mundial- ni tampoco ha satisfecho todas las esperanzas que se habían puesto en ella.

Más conflictos, pero menos graves

Desde el nacimiento de la ONU, el número de guerras entre Estados se ha reducido de forma muy importante, pero no así el total de conflictos, que ha tendido al alza por el aumento de contiendas internas y la actividad de grupos terroristas.

Entre 1945 y 1960, el mundo no registró en ningún año más de 20 conflictos armados, mientras que en 2019 la cifra fue de 54, según el Programa de Datos sobre Conflictos de la Universidad de Uppsala, que incluye en su recuento choques entre dos bandos que dejen al menos 25 bajas en batalla durante un año.

“Si se mira históricamente no hay duda de que la guerra entre Estados ha ido en declive y, en particular desde la fundación de la ONU, la ausencia de una gran guerra entre las grandes potencias es un claro avance”, explica a Efe Adam Lupel, vicepresidente del centro de estudios International Peace Institute, con sede en Nueva York.

Eso era “lo primordial”: evitar “una situación como la que hubo en los años 40”, coincide la venezolana Karina Gerlach, asesora del Centro para la Cooperación Internacional de la Universidad de Nueva York y que ha ocupado varios altos cargos en la ONU.

Sin embargo, tal y como apunta Lupel, el sistema de Naciones Unidas “está basado en los Estados y no se creó para responder a guerras civiles”, lo que le ha hecho mucho más difícil reaccionar ante ese tipo de conflictos, que han seguido creciendo.

Pese a ello, la ausencia de guerras entre las grandes potencias ha hecho descender el número de muertos de forma muy significativa.

Se estima que a principios de la década de 1950 se rozaron los 600,000 muertos en conflictos en un solo año -vinculados principalmente a la Guerra de Corea-, mientras que en 2019 fueron 76,480, de los cuales más de 5,.000 fallecieron en guerras con al menos un Estado involucrado.

Las cifras recientes suponen un repunte con respecto a los años posteriores al fin de la Guerra Fría, cuando el mundo vivió en términos generales uno de sus momentos más pacíficos.

Las guerras en Siria y Yemen, sumadas a la continuación del conflicto en Afganistán, han hecho crecer el número de víctimas de forma importante y, según Lupel, han creado una nueva “sensación de crisis internacional” y de “aumento del riesgo para los civiles”.

En parte porque el Consejo de Seguridad de la ONU -el órgano más poderoso de la organización y el encargado de velar por la paz- se ha mantenido bloqueado por las diferencias entre las potencias.

Un consejo de seguridad disfuncional

Encargado principalmente de velar por la paz, el Consejo de Seguridad está formado por 15 países, 10 que son elegidos por periodos de dos años y 5 con asiento permanente y que siguen siendo, en su mayoría, las potencias vencedoras de la II Guerra Mundial: Estados Unidos, China, Rusia, Francia y el Reino Unido.

Los 5 miembros permanentes cuentan con derecho de veto, lo que en la práctica les permite paralizar cualquier acción que vaya en contra de sus intereses. Por ejemplo, en los últimos años, Rusia ha vetado repetidas resoluciones sobre la guerra en Siria: Moscú es el principal aliado del Gobierno de Bachar al Asad.

En una época marcada por las tensiones geopolíticas, ese mecanismo ha derivado en un Consejo de Seguridad a menudo bloqueado y objeto de críticas por su inacción ante grandes tragedias. En otras ocasiones, las potencias lo han ignorado y actuado sin su aval, con la invasión de Irak en 2003 como el caso más emblemático.

Sin embargo, cuando sí fue capaz de actuar de forma unida y decidida -sobre todo en la década de 1990, tras el fin de la Guerra Fría- tampoco lo hizo siempre de la mejor manera, lanzando misiones de paz sin los recursos necesarios y que derivaron en algunas de las grandes manchas en la historia de la ONU, como su incapacidad en las masacres en Ruanda y en la antigua Yugoslavia.

Los otros pilares de la ONU

Junto a la paz y seguridad, la labor de Naciones Unidas tiene otros dos pilares, los derechos humanos y el desarrollo, en los que su labor pasa a menudo más desapercibida, pero que para muchos expertos incluyen algunos de sus grandes éxitos.

“Hay cosas que nos afectan todos los días y que Naciones Unidas, el sistema en sí, tuvo que ver con ellas”, destaca Gerlach, apuntando al sinfín de convenciones que regulan ámbitos como la salud, la aeronáutica, la navegación y la seguridad vial.

Es lo que Lupel llama la vertiente “práctica” de la ONU, un área que engloba proyectos fundamentales en muchos lugares y que son mayoritariamente vistos como exitosos, desde el Programa Mundial de Alimentos (PMA) a Unicef, pasando por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) o la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO), entre muchos otros.

¿Un mundo sin la ONU?

No es ni de lejos la única deficiencia que este experto, responsable de varios libros sobre la ONU, le reconoce a la organización, a la que critica por tratar de abarcar demasiados frentes en lugar de centrarse en donde realmente contribuye, y por episodios en los que su actuación fue un fracaso a todas luces.

“No se puede negar que el mundo también sería mejor si la ONU y sus Estados miembros se comportasen un poco mejor. Por ejemplo, en Ruanda en 1994 o en Myanmar en la actualidad. (O) Si los ‘cascos azules’ de la ONU no hubiesen llevado el cólera a Haití o no hubiesen dado comida a cambio de sexo en la República Centroafricana”, señala.

Y pese a esos y otros muchos problemas, Weiss concluye que el mundo es un lugar mejor desde que existe la organización. Así lo expuso en un libro titulado “¿Estaría el mundo mejor sin la ONU?”.

Destaca que la organización ha ofrecido resultados “prácticos” -por ejemplo las operaciones de paz, el trabajo para erradicar la viruela o su mediación en varios conflictos- y también ha promovido toda una serie de ideas muy positivas -derechos de la mujer, de los pueblos indígenas o lucha contra la desigualdad-.