Wednesday, January 20, 2021
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Un histórico seis de enero

Por Miguel Ángel Martínez

Hoy Estados Unidos despierta en medio de la estupefacción, la desvergüenza y la incredulidad por los hechos acaecidos ayer en uno de los símbolos más sagrados de la democracia occidental.

El asalto por hordas embravecidas simpatizantes del presidente Donald Trump a las instalaciones del Capitolio (Congreso) estadounidense, representa un hecho inaudito en casi doscientos años de vida republicana que han definido una de las democracias más relevantes del mundo capitalista.

El encanto democrático de sus antiquísimas y sólidas instituciones, se vio severamente dañado cuando bandas desaforadas y racistas penetraron sin control a los pasillos, despachos y, hasta las mismas salas de discusiones del Senado y la Cámara de Representantes, destruyendo a su paso cuantos objetos encontraban a su alrededor, alimentando sus ansias destructivas con vestimentas alegóricas, pancartas y símbolos alusivos a la candidatura presidencial del mandatario estadounidense. Eran escenas imposibles de creer en el imaginario de una nación que históricamente había defendido la pulcritud de los valores democráticos que eran vandalizados por insurrectas turbas de desaprensivos partidarios de Trump.

A estos lamentables incidentes, le precedió una manifestación de miles de simpatizantes blancos a los cuales el presidente Trump arengó durante más de treinta minutos, y exhortó a que acudieran a la sede del Congreso a defender el voto que presuntamente, les fue robado.

En el ínterin, los congresistas demócratas y republicanos, se aprestaban a certificar constitucionalmente la elección del presidente electo Joe Biden como el 46 presidente de los Estados Unidos de América.

Hoy la nación estadounidense y sus instituciones democráticas presentan desgarramientos inconcebibles a causa de lo que hace unas cuantas horas, era imposible de imaginar. Las secuencias de los hechos revelan escenas solo comparables a las acaecidas en los más sórdidos de nuestros países subdesarrollados.

Las secuelas históricas de estos hechos para la imagen democrática de los modernos Estados Unidos, son incalculables.

  Venimos de un cuatrienio en el cual el Presidente Trump restó con sus ejecutorias políticas prestigio o lucidez a un liderazgo que por décadas mantuvo a los Estados Unidos a la cabeza de las principales naciones occidentales. Ese predominio mundial hoy no es el mismo y está severamente afectado por desencuentros e ininteligencias diplomáticas en la geopolítica de las naciones mundiales.

Su debilidad y aislacionismo en los foros mundiales es ostensible, frente al surgimiento de nuevos bloques de países que acomodan sus políticas a la construcción de otros espacios de seguridad y de presión comercial y diplomática  más garantizables.

Y en este desplazamiento o pérdida de horizontes claros y definidos de las políticas de Trump, surgen los atávicos intentos de la actual y casi concluida administración, de impedir el ascenso a la Casa Blanca del electo presidente Joe Biden, vulnerando principios básicos de la sucesión presidencial estadounidense.

El infortunio histórico de los acontecimientos de las últimas horas en Estados Unidos, es que marcará por siempre a sus administraciones, a su cacareada democracia y más que nada, a los símbolos de poder que blandían el estandarte de instituciones que ellos mismos han degradado, enseñándonos a los del Tercer Mundo, que también allá son posibles los despropósitos inconstitucionales de los países “bananeros”.

Al sur del Río Bravo no habrá instituciones democráticas sólidas y sí muchos regímenes podridos y corruptos, pero la democracia estadounidense nos está mostrando el verdadero rostro oculto, las debilidades y posibilidades de un sistema de poder desgarrado y exponencial, como rescoldo substancial de pequeñas y casi agónicas llamaradas democráticas.

Aunque, como dicen sus líderes, la nación americana vuelva y surja como el ave fénix, de entre las ruinas de un país que hoy es la vergüenza del mundo debido entre otras cosas, a la intemperancia de un patológico presidente que se considera a sí mismo, el dueño absoluto del poder y la gloria de la nación norteamericana.

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