The Japanese Movie de Donald Richie, revisión de un emblemático libro de cine

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La cultura japonesa permea su cine con los elementos de su visión de la vida, los cuales difieren de las aproximaciones occidentales al séptimo arte. Esto es causa de no pocos malos entendidos en nuestras salas de este lado del mundo y de ahí la importancia de The Japanese Movie,  texto de una gran autoridad en este cine como lo es Donald Richie, editado por Kodansha International 1966 y la edición  revisada de 1982 que hemos usado.

 El espectador japonés necesita verlo todo, con planos amplios para tener control de todas las situaciones, por eso es muy difícil ver planos cortos en la mayoría de sus filmes. Es como si necesitaran estar en la cima de la colina para tener un panorama de toda la llanura.

Así que tenemos un mundo cerrado y finito, donde el orden de las cosas se mantiene y la tragedia solo aparece en los casos en donde tenemos múltiples alternativas. Los japoneses recurren a los finales infelices porque eso al menos les ofrece un cierto tipo de seguridad.

En esta historia pictórica, Richie muestra a directores como Akira Kurosawa, Masaki Kobayashi, Yazujiro Ozu, Kenji Mizoguchi, Kaneto Shindo, Hayao Miyazaki o Takeshi Kitano, entre otros, y nos resalta como éstos articulan en sus películas los elementos de su particular cultura, que ellos reflejan en mayor o menor grado; así se considera a Ozu el más japonés de todos los directores y a Kurosawa, el más influenciado por la cultura occidental.

Kenji Mizouguchi, en una obra maestra como Cuentos de la luna pálida  (Ugetsu Monogatari -1953), narra una historia con elementos recurrentes en la cultura nipona, como son los fantasmas y la mujer abnegada que muere esperando fielmente el regreso de su marido que se ha ido a la guerra.

Estética visual japonesa. 

A lo largo de 212 páginas, el autor disecciona al espectador de este país, para  ver la naturaleza como un tipo de arte en donde el ojo selecciona un elemento que representa la parte por el todo en la composición de la imagen, en que lo natural domina al ojo y ese elemento se repite constantemente hasta alcanzar una sensación cercana a la realidad.

El nipón es un espectador con un gran sentido visual, de ahí los grandes silencios en sus películas. El mayor énfasis lo lleva la imagen que tiene un gran peso en el discurso fílmico, en una cultura donde domina el ojo, incluso en su escritura, la cual es muy gráfica.

Donald Richie sostiene que Yazujiro Ozu  encarna en su cine la forma japonesa de ver el mundo, cuyos postulados son, según el autor, observar al mundo hostil, reconocer sus propias limitaciones y tratar de vivir en armonía consigo mismo y con ese mundo sin traspasar los límites, aceptando el caos, la injusticia, asumiendo que todo pasa y cambiando al ritmo del mundo. Esta cualidad tiene un nombre, se llama Mono no Aware e implica el reconocimiento de que las cosas son como deben de ser y que la vida es solo un soplo.   

Akira Kurosawa es contrario a esta forma de ver las cosas y lo deja muy en claro en su película Rashomon (1950), en la cual se rehúsa a aceptar la naturaleza de la verdad visible y la de la realidad visible. Rashomon muestra que nada es real, que todo está sujeto a la interpretación, y que la verdad es repartida entre los testigos del crimen cometido, el asesino, e incluso el mismo muerto, lo que constituye una fuerte declaración del director en contra de estas costumbres tan arraigadas de las cosas como son.

Kurosawa opina que la vida tiene el sentido que tú escojas darle, ni más ni menos, en una tesis existencial japonesa muy ligada al Zen y al budismo hindú, y es totalmente contraria al Mono no Aware y a su aceptación fatalista de la vida. Tal tesis no es nada popular entre el público ni en la sociedad, asegura el autor de The Japanese Movie.

Lo japonés implica un sentido extremo de la realidad. Por eso, cuando vemos que las ciudades parecen escenografías es realmente porque están hechas como escenarios de cine con sus escaparates y sus luces de neón, por eso se ven tan reales. En un país con dificultades en el uso de estudios, sin embargo, en el fondo, hay mucho de estético en esa orientación hacia lo natural, de mostrar las cosas como son.

La celebración de la belleza de lo natural y de lo inevitable en esta cultura tiene dos nombres: Uno es Shibui, que describe la quietud elegante con un cierto toque amargo. El otro término es Hade, muy cercano al Kitsch, aunque define lo escandaloso sin ser vulgar, lo altamente decorado sin llegar a lucir cargado. Estas cualidades podemos aplicarlas en el primer caso a las películas de Kenji Mizouguchi, y en segundo, a La Puerta Del Infierno- Gate of Hell (Jigokumon- 1953- ) de Teinosuke Kinugasa.

Nuevas vías de un camino. 

Las nuevas formas de búsqueda de la identidad en una sociedad que como todas ha cambiado mucho bajo la influencia de la modernidad y las nuevas tecnologías, incluyen el término Furusato, que literalmente significa “la vuelta a las raíces”, y que cuenta con un largo recorrido en esta cinematografía, incluso dos películas de Mizoguchi se llaman Furusato.

Los cambios que se han producido en el cine japonés van desde el crecimiento en la producción hasta los brutales cambios en los espectadores, nuevas actitudes hacia una audiencia que reclama obras de acuerdo a las tendencias mundiales. El libro cubre un periodo que va desde la llegada del cinematógrafo en 1894 hasta el inicio de los años 80, dándonos un panorama casi completo del  arte de las imágenes en movimiento en esta nación.  

En The Japanese Movie su autor, Donald Richie, analiza la historia para ilustrar la vía japonesa de hacer cine, que comporta unos presupuestos estéticos influenciados en la visualidad de su cultura, la ausencia de grandes facilidades de estudios de filmación, con un fuerte énfasis en lo natural y lo fantástico.

Humberto Almonte

Analista de Cine.