Scorsese o la complejidad del hecho fílmico

67

Vivimos tiempos difíciles en donde las artes cinematográficas deben sortear con mucha habilidad el streaming, la pandemia del Covid, los algoritmos, los cambios tecnológicos en las herramientas de hacer cine, las nuevas formas narrativas o comerciales de abordar los contenidos, tal y como lo advierte en un ensayo de Harper’s Magazine  el destacado cineasta Martin Scorsese.

La simpleza en las ideas atenta contra la complejidad integral del pensamiento individual y colectivo de los hacedores de este arte  en el que nos desenvolvemos, algo advertido por Scorsese cuando afirma: “El arte del cine está siendo sistemáticamente devaluado, marginado, degradado y reducido a su mínimo común denominador, el ‘contenido’”.

Los entrecruzamientos inteligentes del cine con otras disciplinas lo hacen complejizar sus contenidos, someterse a un autoanálisis y a continuación examinar los significados ajenos para integrarlos armoniosamente a su corpus de pensamiento. Así evita convertirse en un Frankenstein,  lleno de elementos mal adaptados a la naturaleza visual.

Explorar las interioridades humanas es una tarea que se plantean directores que desean cruzar las fronteras de la banalidad y pasearse por los laberintos del ser, por el pozo insondable e íntimo de los sueños, los deseos y las acciones, un cine que han practicado Carl Dreyer o Ingmar Bergman, entre otros.

Tomando como punto de partida los planteamientos de Scorsese, queremos adentrarnos en esas complejidades del discurso fílmico que genera a su vez tantos discursos como personas que visionan cada película. El experimento de Lev Kulechov, usando al actor Mosjukin, es prueba palpable de esa polisemia, hecho a menudo olvidado por muchos hacedores en la industria. 

Simplezas y complejidades, la expresividad riesgosa. 

Como afirma el profesor Julio Cabrera, filósofo argentino, el cine posee un concepto-imagen que guarda diferencias con el mismo concepto-imagen de la literatura. Es la potenciación de esa impresión de realidad que les da ese poder expresivo a las imágenes en movimiento y que amplifica la eficacia emocional del cine.

A través del gesto, de la mirada, este arte puede tratar suplir lo que expresan los monólogos interiores en la literatura, y al que por supuesto, es imposible alcanzar en cotas expresivas, contentándose el cineasta con el acercamiento expresivo a la emoción que provocan unas sensaciones, si se quiere, más inquietantes que las producidas por las letras.

En la literatura, el lector cuenta con el pie de ayuda de una descripción relativamente precisa, de un mapa de lo que siente el personaje. Ambos, lector y escritor, caminan juntos en ese proceso. Pero en el cine, el espectador está huérfano de ese apoyo ya que cuenta con menos elementos o pistas para meterse en la piel del personaje, aunque no es menor la riqueza expresiva del séptimo arte, pero si más trabajosa.  

No estamos llamando a un culto desmedido a las imágenes, ni a una adoración sumisa al gesto. Los grandes de este arte nos introducen a un bosque poblado de figuras mágicas, de bustos parlantes y enanos desagradables, como lo han hecho Guillermo del Toro en El Laberinto del Fauno o Todd Browning en Freaks.

Pensar el cine es un ejercicio que se completa con la tarea de verlo, de vivirlo, respirarlo y construirlo. Aquellos espectadores que asisten a una sala a gritar en las escenas de acción atracándose de palomitas y después olvidan lo que vieron sin problematizarlo, dejan el proceso incompleto aunque a ellos les haya servicio de terapia.

El cineasta como estratega, pensador y artista. 

Esos duendes llamados directores, oficiantes de imágenes en movimiento que caminan en la cuerda floja entre lo popular y lo culto, el arte o el comercio, tienen una dura tarea para armonizar intereses, las más de las veces contrapuestos, los que hay que negociar como buen diplomático para salir a puerto y no hundirse sin remedio en los pantanos de la falta de compromiso artístico.

¿Y cuál es la complejidad del cine si su caso es muy parecido al de las otras artes? Pues esa, que es un arte colectivo y costoso, necesitado de unir su sensibilidad con el talento de un estratega militar y cadenas de tener la sangre fría de un banquero, todo en uno. La explicación por la que muchos han fracasado no es por carecer de habilidades artísticas, es por no saber conducirse con serenidad y malicia.

Dirigir o producir está más cerca de la profesión de encantador de serpientes de lo que se cree, pues contentar a tanta gente como los inversionistas, los espectadores, los críticos, a los propios artistas o técnicos, no es una faena que se puede cumplir con facilidad o sin derramar una gota de sangre.

Los diferentes niveles de dificultad para realizar filmes en países como  los nuestros, que recién inician su andadura, permite a los nuevos cineastas colarse con visiones frescas sobre temas viejos y así ocupar un nicho en el mercado global que les permita sobrevivir y financiar su próxima realización.

La versión de la historia que nos cuenta el hacedor de cine no tiene por qué coincidir con la versión o las versiones oficiales, basta que esté conectada a la vida real y cotidiana. Y lo que nos narra debe entretenernos tanto como aquellos relatos nocturnos de los abuelos a la luz de una lámpara, porque como decía Buñuel: “Está prohibido aburrir en el cine”.

En estos días triviales, los cinéfilos más inquietos  buscan obras no prescindibles que le transformen las usuales imágenes sobre su entorno y otros mundos más lejanos, en ideas articuladas de manera menos alambicada para asimilar una realidad que es cualquier cosa menos simple.

La cultura de los bellos rostros y las violentas explosiones no nos da una idea del laberinto en que vive el ser humano actual. Pequeños filmes como Canción Sin nombre, Ya no estoy aquí, Minari o Cocote, con sus personales formas de narrar, de deconstruir las verdades usuales, son las llamadas a mostrarnos el panorama de lo real y no tan maravilloso del espacio en que vivimos.

Al igual que Martin Scorsese, creemos que  un mundo complejo exige un arte que haga de la complejidad su modus vivendi expresivo, y esa es la función que convierte al cine y a sus realizadores en el ADN de nuestra época, en el vocero lúcido de una sociedad confusa en búsqueda de una  identidad.

Humberto Almonte

Analista de Cine.