Pareja alimenta a indigentes, enfermos y ancianos

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Por Wendy Almonte

Santiago. “A mí no me gusta que la gente se muera de hambre”, es la frase que pronuncia con satisfacción el propietario de un negocio de comida en Gurabo, donde cada día, entre 10 y 15 personas con limitaciones físicas o mentales comen gratis.

Manuel Antonio Tavárez (Manuel Picula), junto a su esposa, tiene 40 años con el negocio de comida que le ha servido para el sustento de su familia, y aunque asegura no tener ninguna riqueza material, no piensa en la carga económica que esto pueda representar para él, pues no le gusta que la gente pase hambre. En la pared frontal del Comedor Los Pobres, ubicado en la calle 20 casi esquina Carretera Luperón, tiene un letrero que reza “Comida gratis para ancianos, ciegos, bizcos y locos”, pero igual le da comida a gente que no está enferma, haciendo alusión a los “piperos” que van en busca de algo que comer, a los limpiabotas que le pagan algo, si tienen. De esas personas, algunos van todos los días, otras se desaparecen y vuelven al tiempo. “El que viene aquí con 40 pesos come, con 50, con 60, con cien, el que quiere el servicio completo vale 130. Nunca le he puesto precio al plato, le vendo lo que tengan”, expresa Manuel Picula.

Sus mejores aliados

Por su desprendimiento, Manuel se ha ganado el cariño de los beneficiados, y lo defienden ante cualquier situación que pueda presentársele. Puso como ejemplo una vez que tuvo un problema con unos inspectores de sanidad que iban a buscar dinero, y se enfrascó en una discusión, “y un loco cogió el pleito para él, cuando el loco me vio se fajó a pelear con esa gente y tuve que quitárselo”. Manuel asegura que ese desprendimiento lo heredó de su madre y sus tías, pues a su casa, en el sector Los Pérez de Gurabo, todavía dan comida al vecindario, y cada día toman café más de 80 personas, quienes comienzan a pasar desde las cinco de la mañana.

“Lo tenemos a nivel familiar todo el tempo, allá la gente bebe café, el que tiene hambre le dice a mi mamá Picula hay algo, le abre los brazos, y le da siempre que comer”, expuso el propietario del negocio. Narra que cuando empezó a vender el servicio de comida costaba 25 centavos y el desayuno a 15, y que ha sustentado su familia del negocio. Dice con orgullo que tiene hijos estudiados, con más de 20 diplomas, uno de ellos ingeniero en química y otra que vive en Puerto Plata habla seis idiomas.

La iniciativa de dar a comer al hambriento es una tradición que se ha ido perdiendo con el encarecimiento de la vida y por el miedo que tiene muchas personas a abrir las puertas de su hogar negocio a extraños. En el caso de Manuel, dice que las personas que alimenta son su defensora.

También alimenta a perros callejeros

Manuel dice que no lleva ningún vicio, y que solo juega la Loto con la esperanza de que el día que se lo saque, poder recoger los locos y los perros vira latas para ponerlos a comer tranquilos. Esto así, porque además de darle comida a la gente, alimenta a los perros callejeros, y recuerda que una vez juntó cerca de cuarenta perros en su casa, pero eran demasiados para su madre. “Me he devuelto cinco kilómetros a echarle comida a un perro, porque me he acordado que vi un perro husmeando, buscando qué comer”, recuerda este hombre, valorado por la comunidad