Sergio Sarita Valdez

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El cese total de las funciones vitales de un individuo se considera un fenómeno natural inevitable; sin embargo, son pocas las personas que comprenden y aceptan esa sentencia biológica cuando el marcador señala que ha llegado el momento de abandonar el asiento que ocupábamos en el tren de la vida. Asumimos que todos y todas mueren, excepto uno mismo. Casi nadie está preparado para dejar el jardín de los vivientes. Caminamos con la mente dirigida hacia una eternidad idealista; solo en los momentos en que la depresión nos inunda pensamos en la mortalidad.

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Desde el punto de vista de las ciencias naturales, sabemos que son muchas las emboscadas peligrosas que encontramos durante el ciclo vital que nos toca transitar. Los fríos cálculos estadísticos indican que, en el mejor de los casos, un 20% de los embarazos terminan en abortos naturales. El riesgo de muerte perinatal es mayor que el neonatal, y solo cuando alcanzamos la adultez logramos un relativo equilibrio entre vivir y morir.

Al alcanzar la madurez, la persona tiende a fijar en su mente la errónea idea de la inmortalidad individual. Para ese ser adulto, su cerebro le dice que mueren los otros y las otras, pero no uno mismo. Lamentamos y damos el pésame a los demás, sin entender aún que, así como dimos el último adiós al padre, la madre, el hermano o al amigo, de igual forma lo harán con nosotros.

Debemos abogar por vivir el máximo que los telómeros de nuestros cromosomas nos concedan. Con el uso común de la inteligencia artificial, es posible calcular el tiempo vital que, de modo natural, nos resta por vivir. Serán pocos quienes paguen por saber cuántas horas, días, semanas, meses o años nos quedan respirando, siempre y cuando un evento trágico no acorte el trayecto.

Entender la temporalidad existencial haría que mucha gente se volviera más sociable y menos egoísta, cultivando un jardín donde no habiten las flores del odio, la codicia, el engaño, la avaricia, la soberbia ni la traición.

Evitar las muertes repentinas en niños y adultos, junto con la implementación de políticas sanitarias que aumenten la longevidad y la calidad de vida del colectivo humano, es una gran meta loable. Entender que es posible crear una atmósfera humana de “ganar-ganar”, diferente a la de “ganar para que el otro pierda”, es una tarea pendiente que urge desarrollar. Una sana convivencia universal es incompatible con el uso de la fuerza para imponer criterios étnicos, sociales o supremacistas. Las pandemias no se combaten encerrando a un grupo, sino asistiendo a todos y todas.

Las muertes repentinas visitan a blancos y a negros, a norteños y a sureños, a orientales y a occidentales, a mujeres y a hombres, a letrados y a analfabetos, a ricos y a pobres, a creyentes, agnósticos y ateos. El solo hecho de ser humanos nos une a todos.

Dominicanos, dominicanas y ciudadanos de otras nacionalidades podemos morir súbitamente. Conocemos los males que acortan la vida y que también matan de forma inesperada.

¡Trabajemos juntos por una vida mejor y más larga, aún a sabiendas de que nadie es inmortal!