José Rafael Sosa
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El cine biográfico dominicano ha ido construyendo, con pasos firmes y riesgos calculados, un subgénero que dialoga con la historia, la memoria colectiva y la identidad nacional.
Milly, reina del merengue, dirigida por Leticia Tonos, se inscribe en esa tradición con la ambición de trascender el simple homenaje para convertirse en una experiencia emocional, musical y simbólica que conecta la vida de una artista con la historia de toda una diáspora.
Milly, reina del merengue (Leticia Tonos), presentada como pieza inaugural del XVIIII Festival de Cine Global Santo Domingo, luego de un ceremonial de homenajes y reconocimientos, fue la gran atracción, dado que llegaba con enormes expectativas: una historia en torno a la merenguera dominicana más trascendente —implícita una compleja emotividad familiar social—, la directora de cine dominicano de mayor prestigio de cara al cine de vocación popular y el desafío de un proyecto de esta envergadura.
El resultado ha sido una película referencial en torno a la trayectoria artística de Milly Quezada con su historia íntima, que incursiona en los temas de memoria, identidad y resiliencia: una inmigrante que vence la depresión y el machismo a través de la música, que se sostiene por sí sola, obteniendo un producto nostálgico, sólido, técnicamente bien ejecutado, reproduciendo con fidelidad y cuidado la época en que se enmarca, a lo cual agrega los factores musicales y coreográficos marcados por una elevada estética, buen criterio para ubicar sus locaciones (en RD y New Jersey, Washington Heights).
Leticia Tonos se planteó la idea, debió convencer a Milly (que no estaba en principio convencida), supo que debía transitar vericuetos no tradicionales, evitar el sensacionalismo, desechar el morbo, lograr una representación plena de la fuerza interpretativa de su protagonista, validando el cine de género musical en la industria dominicana.
La filmografía de Leticia Tonos habla de su visión y su diversidad temática: La Hija Natural (Love Child) – 2011, Cristo Rey – 2013, Juanita – 2018, Mis 500 Locos (A State of Madness) – 2020 y Aire: Just Breathe (Aire) – 2024 y Milly, la reina del merengue. 2025.
Un factor clave en el éxito de la cinta es la selección de Sandy Hernández como Milly. No copia al calco de la artista. No. Lo que sí logra en base a sus recursos histriónicos es capturar de la “esencia”, la gestualidad, la voz. Hernández no tenía el canto como uno de sus talentos hasta llegar al casting y lo logró, particularmente por la asistente de una coach vocal (Mery Cepeda), que logró para ella el dominio de la potente y brillante voz de Milly, y en especial logra transmitir las emociones del proceso, de la vulnerabilidad detrás de la figura pública. Evitar ser sello homógrafo del personaje real. Aceptó el reto de representar a un personaje vivo tan esencial y alcanza tonalidades de gran similitud.
Notable es el trabajo actoral y coreográfico de Juan Carlos Pichardo Jr., quien logra echar en falta su potente papel de humorista, para desarrollar un rol dramático como Rafael Vásquez (esposo y manager), logrando convencer y conmover. La química entre ambos personajes es el motor emocional del segundo acto.
En cuanto a los arcos dramáticos, la película aborda fuertemente el luto y la depresión tras la muerte de su esposo. Cinematográficamente, el ritmo de la película decae intencionalmente para reflejar su estado, incluyendo la identidad migrante y la capacidad de superar obstáculos, duelos y lutos. Es un tratamiento serio de la identidad dominicana en el exterior sin caer en patriotismos vacíos.
En una película musical, la mezcla de sonido es el rey y en este trabajo se define su reinado. La sigue, a tono de merengue, un ritmo rápido. En el montaje visual se siente la energía, especialmente en las secuencias de baile. Un punto brillante es el logro del ambiente de la época de los años 70, sus vestuarios, peinados, texturas, arquitectura,
La película logra articular un biopic sensible y culturalmente consciente, donde la historia de Milly Quezada se convierte en metáfora de la diáspora, del liderazgo femenino en la música popular y de la negociación constante entre éxito, familia y fe. Hizo derramar lágrimas al público y a la propia artista que se encontraba en el escenario. La mayor virtud reside en mostrar que el triunfo artístico no anula el conflicto humano, sino que lo hace más visible y, por ello, más profundamente cinematográfico.
Milly, la reina del merengue confirma que el cine dominicano ha alcanzado la madurez suficiente para dialogar con sus mitologías contemporáneas sin caer en la complacencia ni en el artificio. Leticia Tonos articula una obra que honra a su protagonista sin petrificarla, que celebra la música sin subordinar el drama, y que entiende el biopic no como un monumento, sino como un territorio vivo de contradicciones, pérdidas y conquistas.
La película no solo consolida el lugar de Milly Quezada como ícono cultural, sino que legitima al musical biográfico como una vía expresiva plenamente válida dentro de la cinematografía nacional.
En su cruce entre memoria, emoción y puesta en escena, el filme deja claro que contar bien una vida también es una forma de contar un país. Y en ese gesto —honesto, sensible y técnicamente sólido— reside su verdadera trascendencia.









