Saturday, December 5, 2020
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Matar a un Muerto, crónica minimalista de una dictadura

Humberto Almonte

Analista de Cine

La grandilocuencia suele jugar malas pasadas a quienes apuestan por ella para tratar temas políticos, de ahí la agradable sorpresa que recibimos en el visionado del filme paraguayo Matar a un Muerto, modesto en sus medios, pero debido a la inteligencia del tratamiento marca una senda discursiva que captura nuestra imaginación. 

Estamos en el Paraguay de 1978. En un remoto paraje del monte, durante la dictadura militar, dos hombres se dedican a enterrar cadáveres clandestinamente. Entre los cuerpos que arriban a la orilla cada día, una mañana llega un hombre que aún respira. Los dos enterradores saben que tienen que matarlo pero nunca antes habían asesinado a alguien. 

El régimen dictatorial al que se alude es el del general Alfredo Stroessner, quien durante 35 años sumió a este país sudamericano en la oscuridad sangrienta, y cuya pesada herencia aún revolotea en el sistema político, en una de esas transiciones eternas que nos gastamos por estos lados del mundo.  

Pastor y Dionisio ejercen su labor de sepultureros de la historia, tratando de poner bajo tierra las atrocidades de los represores y su sistemática tarea de suprimir los disensos de sus semejantes. La tarea cotidiana de esta pareja es quitar de la vista las pruebas, eliminando los restos de aquellos que molestaban a la intolerancia.

La dirección y el guion son de  Hugo Giménez, la música es de Sergio Cuquejo, la fotografía de Hugo Colace y  las actuaciones están a cargo de Ever Enciso, Aníbal Ortiz, Silvio Rodas y Jorge Román. Es una coproducción Paraguay-Argentina-Francia y su duración es de 87 minutos.  

La dictadura, la muerte y el fútbol. 

Giménez construye su historia alrededor de la naturalización del mal, de su banalización, desdramatizando y deconstruyendo a sus personajes hasta hacerlos parecer mansos pastores de ovejas que defienden su rebaño del lobo feroz, con el detalle que no vemos al lobo, pero sentimos su presencia, es más, estos cuidadores de ovejas en realidad trabajan para ese lobo feroz. 

Pastor (Ever Enciso), funciona como ayudante de Añá (El Mal) si acudimos a la mitología guaraní, y aunque parezca gozar de un cierto poder, él a su vez es también habitante de la inmensa cárcel en la que Stroesnner convirtió a Paraguay durante más de tres décadas. 

Lo que desarticula esa tétrica cotidianidad, esa burbuja de normalidad erigida por Pastor y su ayudante Dionisio (Aníbal Ortiz), es la aparición de Mario (Jorge Román), el torturado y ejecutado que debió morir pero que se aferra a la vida y les intranquiliza las conciencias. De ahí el certero título de Matar a un Muerto. Pastor y Dionisio son sepultureros, pero para convertirse en asesinos les falta valor, o quizás en ese momento le brota un sentimiento humanitario, muy a su pesar.  

El filme parte de un guion bien articulado y minimalista, enriquecido con toques de suspenso y de creencias animistas, salpicando la narración con los detalles políticos o deportivos, como el mundial de futbol de 1978 celebrado en Argentina, para situarnos de manera muy sutil en el contexto de la época. Giménez nos da la potestad como espectadores para que atemos cabos y saquemos nuestras propias conclusiones.

 

Los mundos interiores son expresados en las potentes interpretaciones de Ever Enciso, Aníbal Ortiz, Jorge Román y Silvio Rodas, quienes mantienen la apariencia de control que no deja casi ningún espacio a una expresión de las emociones pero que se desbordan en las situaciones límites dejando traslucir la fragilidad tras la máscara de fortaleza anímica.  

El  ambiente agreste es un personaje importante pues provoca unas tenues sensaciones de inquietud e impregnan a la película de una atmosfera tensa, de estar bajo vigilancia, lo que te obliga a mantener la atención de principio a fin. El uso del espacio natural como elemento sicológico desestabilizador ha sido utilizado por el realizador de manera bastante certera.  

La humanidad se abre paso. 

El montaje, la fotografía, la música y la dirección artística hacen contribuciones imprescindibles a la hora de definir el ritmo y el ambiente, redondeando con puntual efectividad la técnica al servicio de la estética general de la producción, que representara a Paraguay en los Premios Goya.   

Matar a un Muerto de Hugo Giménez es un ejemplo de que se puede manejar el tema político dentro del cine latinoamericano alejado de estridencias y panfletos. La discreción y la modestia de esta película no deben ocultar que estamos frente a una obra que se destaca por sus valores expresivos y demuestra el crecimiento cualitativo de la cinematografía paraguaya. 

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