Saturday, January 16, 2021
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Los nuevos desafíos para EE.UU.

Por Miguel Ángel Martínez

DESDE LA GUERRA de secesión del 1861 a 1865 entre los estados del norte y del sur, los Estados Unidos no habían enfrentado una fractura interna de sus instituciones básicas como hasta ahora en que el presidente saliente Donald Trump, se ha opuesto impertérritamente a concederle la victoria a su oponente demócrata, Joe Biden.

Según la tradición occidental, Estados Unidos siempre ha sido vista como una nación líder donde los valores vitales de la democracia han funcionado sin tropiezos externos y mucho menos, internos.

Han transcurridos más de 500 años desde que sus padres forjadores dieron inicio, tras cruentos fraccionamientos nacionales, a la conformación de una unión confederada donde la eliminación de la esclavitud, la unión y la libertad, fueron los principios vectores de la nueva y consolidada nación americana.

A través del tiempo Estados Unidos fue construyendo un liderazgo en base a la conquista de nuevos territorios y a una paulatina división internacional del trabajo, que le permitió en medio del desplazamiento comercial de los ingleses y de otras naciones europeas, situarse a la cabeza de las pujantes y a veces embravecidas, economías capitalistas.

Lo hizo con las armas, con la economía y con una diplomacia fincada generalmente, en el uso de la fuerza, el chantaje y el dominio del cada vez más creciente mercado internacional.

Interiormente incorporó nuevos territorios que despojó a sus circunvecinos mejicanos, mientras sus mercados internos y tecnológicos se nutrían al sur del Río Bravo, de los ingentes y no menos caudalosos recursos mineros y agrícolas de las depauperadas y vírgenes economías latinoamericanas, y cuyas unidades geográficas matizaban débiles Estados constituidos.

En ese escenario mundial de la modernidad del siglo pasado, de las injusticias expropiativas y de las apropiaciones de materias primas importantes y estratégicas, los Estados Unidos se integran a la competitividad de los mercados mundiales, asumiendo roles preponderantes en la dirección de los nuevos patrones económicos, mientras aumentaba su influencia política allende los mares de sus aguas territoriales.

UNA FRACTURA HISTÓRICA

Sin embargo, hoy tenemos en pleno apogeo de una presunta pos modernidad histórica, a una nación estadounidense completamente sesgada, y arropada por las discordias electorales que se iniciaron desde las pasadas elecciones del tres de noviembre del recién finalizado año.

Los Estados Unidos ya no son los mismos. Su deteriorada imagen campea por los cuatro continentes, incluyendo aquellos en que su bandera flameaba como símbolo de unidad y de democracia acrisolada.

Sus quebradas instituciones hoy son el reflejo de un proceso político-electoral ensombrecido por otros desgarramientos civiles, que han marcado ostensiblemente el cuerpo social de la nación más poderosa del Universo.

La muerte del afroamericano George Floyd y las consiguientes marchas civiles de negros, hispanos y blancos estadounidenses configuraron uno de los espacios más lúgubres y en que se puso a prueba la elasticidad de un sistema abrumado de profundas desigualdades sociales, políticas y económicas.

Y ese sistema estaba dejando de funcionar. Se esclerotizaba por los vendavales de dos poderosas tormentas públicas: unas conflictivas elecciones y masivas protestas civiles denunciando profundas disparidades entre las etnias principales de la sociedad norteamericana.

La credibilidad institucional quedó marcadamente horadada al desarrollarse las más discutidas elecciones estadounidenses, y que dieron el triunfo virtual al candidato demócrata Joe Biden por encima de las expectativas triunfalistas del republicano presidente, Donald Trump.

Lo que ha pasado en Estados Unidos a propósito de estos comicios electorales, representa la partitura de una comedia de rasgos hiperrealistas.

     Un presidente Trump perdedor pero que en el ocaso de unas elecciones no ganadas, se niega a aceptar la derrota y amenaza, increíblemente, con desafiar todo el engranaje político- institucional de los Estados Unidos.

Parecía como si la Gran Nación hubiese caído en el caos, la intemperancia y las irracionalidades políticas. Todo se iba perdiendo poco a poco ante la ausencia de un consenso y los bloqueamientos de una clase política abandonada a los aparcelamientos partidarios y pos electorales.

Estados Unidos ya no eran ante el mundo lo que se creía que significaba. Su democracia se fracturaba y el descreimiento mundial llegaba a las más crueles e inimaginables hipótesis. El mundo lucía atónito y las más elegantes diplomacias reaccionaban con cautela ante el bochornoso panorama que ofrecía un Presidente y un liderazgo político encriptados en las renuencias a aceptar unos resultados electorales libres y pulcros.

¿QUÉ VIENE AHORA?

Los estadounidenses ya están hartos por todo lo que ha pasado en su nación. A la sorpresa ha sucedido el escepticismo o la incredulidad institucional

 El próximo seis de enero ambas cámaras tendrán que reunirse por separados en colegios electorales, para certificar a Joe Biden como próximo presidente de los Estados Unidos. Es un paso protocolar que siempre se ha seguido sin los rubores y las incertidumbres de estos tiempos.

 Se espera que pese a los resabios de dos o tres simpatizantes congresionales de Trump, el presidente electo de los Estados Unidos sea ratificado por el Congreso, con lo cual se daría paso a su proclamación frente al Capitolio el próximo 20 de enero.

Serían una juramentación excepcional por los rebrotes en los Estados Unidos de la mortal pandemia Covid-19, que ha afectado notablemente al territorio estadounidense.

Biden juramentará acompañado por la vicepresidenta Kamalla Harris, quien sería la primera afroamericana en asumir el cargo.

Ambos mandatarios asumirían con serios e históricos retos para reconducir por otros senderos, el trastocamiento de los cuatro años de su antecesor en la política interna y externa estadounidense.

Los desafíos son inconmensurables.

El presidente saliente cambió completamente el escenario de la política mundial, desapoderándose de importantes compromisos y desbalanceando tratados militares que, como los de la Organización del Tratado Atlántico- Norte les aseguraba a los Estados Unidos un papel singular en la defensa y desplazamiento militar del viejo continente europeo.

También figuran los denunciados acuerdos nucleares con Irán, los acuerdos climáticos y, en especial, su abrupta salida de la Organización Mundial de la Salud en momentos en que la pandemia azotaba tenebrosamente al mundo y sobre todo, a los Estados Unidos.

Por su parte, la economía estadounidense todavía atraviesa por la más grave crisis recesiva después de la Segunda Guerra, a causa de los efectos mundiales de la pandemia, y las consecuencias para sus núcleos poblacionales han sido catastróficas en materia social y económica.

Como dije más arriba, los retos para el presidente electo Joe Biden, serán enormes, con una nación dividida y cuyas instituciones hoy están sumariamente fracturadas.

Restablecer un nuevo liderazgo en Europa, Asia y los países orientales, le costará ingentes esfuerzos a una diplomacia rejuvenecida y con otros horizontes internacionales.

Europa por lo menos, ha cambiado desde las bruscas rupturas del presidente Trump y los europeos y sus gobiernos no se sienten muy seguros ya con su viejo y tradicional aliado estadounidense.

Los gobiernos europeos hoy apuntalan otros marcos de seguridad regionales, frente al descalabro de sus relaciones con Estados Unidos en la época trumpiana.

En todo caso, es mejor contar con aliados seguros, y no con las irrelevancias de políticas antojadizas o temperamentales, alejadas de referencias históricas y coyunturales.

En ese tenor, el nuevo presidente Biden ya conoce de antemano el escenario en que debe moverse.

 Así lo atestiguan los dos mandatos junto al presidente Barack Obama, y que le sirvieron para tantear y resolver espinosos problemas de la administración y de la diplomacia estadounidense.

Y, por si fuera poco, están los muchos años en que estuvo como senador en el Congreso de su país, contrariamente al saliente presidente Trump, que llegó sin ninguna experiencia política a dirigir la nación más poderosa del mundo.

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