Los No Muertos consumistas de Jim Jarmusch…

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A la sociedad actual le vendría bien una dosis del terror que directores como las que Jim Jarmusch nos ofrece en Los muertos no mueren (The Dead Don’t Die), la más reciente obra en la que el autor de Ghost Dog, el camino del samurái (Ghost Dog: The Way of the Samurai (1999) y Paterson (2016), se introduce de manera agridulce en un género que usualmente entrega una buena cuota de sangre y escalofríos. 

La actualización de las líneas definitorias que plantea este film no busca un cambio de cara para envasar un contenido viejo en nuevas formas, ni se recuesta de los adornos tecnológicos de la modernidad. Más bien toma la realidad actual y se apoya en aquellos íconos del pasado para contar su irónica fábula. 

Lo importante es que su creador no acude al sermón social para hablarnos del escepticismo de los neoconservadores en materia científica, del racismo, el consumismo o la alienación tecnológica. Jarmusch se cuida de sentarnos en un pupitre para aleccionarnos cual párvulos de preescolar. 

La historia comienza en una apacible localidad llamada Centerville donde pasa algo raro pues la luna vigila permanentemente sobre la línea del horizonte, las horas de luz solar se están volviendo impredecibles y los animales han comenzado a comportarse de manera extraña, además de que los informativos de televisión son desconcertantes y los científicos están preocupados. A pesar de todo, nadie es capaz de prever la más extraña invasión que comenzará a sacudir las vidas de los  pobladores: los muertos ya no están muertos. 

Jim Jarmusch está al timón en el área directoral, el guion y parte de la banda sonora, mientras que la tropa actoral la componen entre otros, Bill Murray, Adam Driver, Tilda Swinton, Chloë Sevigny, Steve Buscemi, Danny Glover, Caleb Landry Jones, Rosie Pérez, Iggy Pop, Sarah Driver, RZA, Selena Gómez, Carol Kane, Tom Waits, Austin Butler, Luka Sabbat y Sturgill Simpson. El metraje de esta terrorífica visión es de 104 minutos. 

La vida antes y después de la muerte 

La trama inicia y cierra con dos policías, el jefe Cliff Robertson (Bill Murray) y el oficial Ronnie Peterson (Adam Driver), unos agentes del orden pueblerinos que se toman muy en serio su trabajo, al contrario del director que se apunta a desdramatizar o deconstruir el estereotipo que tenemos de ellos, una línea que mantiene en el tratamiento general de personajes y situaciones. 

En vez de zombies lo que tenemos aquí son ghouls, aunque al contrario de la tradición árabe, estos se alimentan de la carne de los vivos. Estos no-muertos son la metáfora de unos seres consumistas que se alimentan de cuerpos en vez de cerebros, personas vacías de ideas o sentimientos y llenos de prejuicios o apegos materiales. 

La encrucijada de Centerville y sus habitantes funciona como un microcosmos que proyecta el estado en que vive y muere la sociedad norteamericana actual, inmersa en las contradicciones atizadas por los ideólogos de la vuelta a la grandeza imperial y al estatus anglo de toda la vida. Si las figuras guardianas de la moderación y el bienestar abandonan su papel, solo queda el caos o la confrontación permanente. 

Jim Jarmusch estructura un filme que bebe de la actualidad social usando un ritmo conscientemente moroso y que tamiza con un gran sentido de la ironía. La apuesta por una expresividad actoral en clave baja y de los estereotipos del terror le permitieron al realizador entregarnos una obra con una textura estética única. 

El extenso elenco estuvo bajo un estilo de interpretación minimalista en el que brillan, por encima de Murray y Driver, dos actrices en unos papeles que van desde la extrañeza de una Tilda Swinton encarnando a Zelda Winston, una embalsamadora muy peculiar, y Chloë Sevigny asumiendo a la asustadiza oficial Mindy Morrison. La guinda del pastel es el racista y cascarrabias granjero Frank Miller al que Steve Buscemi bordó con gran destreza. 

La banda Sqürl del director Jarmusch se encarga de dotar al filme de su espeluznante soundtrack y Sturgill Simpson agrega el tema The Dead Don’t Die, cuyas perturbadoras letras funcionan como mensaje premonitorio a la vez de narrador casi omnisciente a ritmo de country.  Simpson también interviene como un guitarrista zombie, o más bien ghoul. 

Inmortalidad y consumismo 

Los no-muertos de estos años no son los únicos con protagonismo en este divertimento de horror cinematográfico, pues la cita formal de La Noche de los Muertos Vivientes (Night of the Living Dead), a su autor George Romero o la referencia al año 1968, no pueden pasar desapercibidos, ni desde el cine ni por los sucesos históricos de  esos doce meses. La inclusión de Nosferatu es un homenaje a esta obra maestra y a su director F.W. Murnau. 

Los muertos no mueren (The Dead Don’t Die), de Jim Jarmusch es una fábula de terror cargada de ironía que con ritmo parsimonioso se convierte en una radiografía de la sociedad norteamericana actual, sumergida en la era de los que claman con volver a convertir en grande a los Estados Unidos de América.  

Humberto Almonte

Productor y analista de cine