Incertidumbre versus certeza de vida en pandemia

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Por Sergio Sarita Valdez

John Locke, filósofo inglés del siglo XVII es considerado un gran promotor del empirismo, doctrina que postula la tabula rasa, tesis basada en la creencia de que una persona nace sin pensamiento y que durante el desarrollo adquiere los conocimientos de modo progresivo.

Gracias a los rápidos avances conseguidos luego de analizar el libro de la vida biológica, mejor conocido como el Genoma humano, podemos afirmar que nacemos con una programación susceptible al cambio, puesto que traemos a la vida extrauterina una serie de respuestas innatas, las cuales se irán modificando y adaptando acorde con las circunstancias, lugar e individuos con quienes nos toque compartir la vida.

Marzo de 2020 marca un hito en la historia de la humanidad; la Organización Mundial de la Salud anunció la existencia de una pandemia causada por una cepa mutante del coronavirus.

La nueva enfermedad se detectó en la República Popular China y rápidamente se diseminó por las naciones vecinas; de allí pasó al continente europeo y luego se trasladó a otros continentes.

Esta catástrofe sanitaria obligó a millones de habitantes a someterse a las poco agradables medidas de cuarentena con la finalidad de reducir la velocidad de transmisión de la afección e instruir a la población para evitar la propagación, morbilidad y mortalidad asociadas a esta terrible afección viral.

En el orden emocional mucha gente cayó en una gran incertidumbre sobre su futuro inmediato, el modus vivendi se alteró de golpe y porrazo.

El factor sorpresa acompañado de miedo y la ausencia de una respuesta lógica oportuna contribuyeron al pánico colectivo. Cuatro generaciones humanas que no habían experimentado un mal sin remedio, de pronto sintieron la llegada de un nuevo apocalipsis.

Gracias a la capacidad del Homo sapiens para registrar y guardar como recuerdo hechos pasados, se recurrió a los archivos de la historia para saber de qué modo logró la humanidad superar la pandemia de la Influenza del 1918.

Poco a poco fuimos saliendo del estado de shock y el raciocinio retomó el control del timón de la nave cerebral. Evitar el contagio, atender a los enfermos y desarrollar una vacuna fue la estrategia inteligente para salir del atolladero pandémico.

De una peligrosa y caótica incertidumbre hemos ido moviéndonos a una zona de seguridad y de confianza en la capacidad humana para salir airosa ante difíciles pruebas a que nos somete la vida.

Sin que existan las condiciones ideales y sin acciones mancomunadas universales los pueblos con sus líderes sanitarios van encauzando los actos que les garanticen su continuidad como entes sociales.

Juntos salvamos la nave y la conducimos a puerto seguro para así poder continuar el proyecto de nación con miras al mañana. Dispersos estaremos condenados al fracaso colectivo.

La vacunación del grueso de la población vulnerable realizada de manera organizada, racional, justa y científicamente correcta traerá aires de paz y de concordia entre todos los que habitamos el planeta tierra.

No importa en qué punto geográfico nos haya tocado vivir; cuando de pandemia se habla todo el mundo debe escuchar y entender.

La interdependencia social obliga a gobernantes y gobernados, productores y consumidores, empresarios y trabajadores, familias y comunidades, creyentes y ateos, géneros distintos, variopintos de la política, así como pueblos con lenguas y costumbres distintas, a encontrar el común denominador que nos relacione positivamente en esta guerra por la sobrevivencia.

Sigamos apostando a la certidumbre del triunfo multiplicador de la vida planetaria.