Espectadores cinematográficos prejuiciosos

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Humberto Almonte

Productor y analista de cine

Las opiniones forman parte de un conjunto de derechos irrenunciables del ser humano, independientemente de si estamos de acuerdo con quien las emite o no, y como espectador de obras cinematográficas que ha pagado o ha sido invitado a disfrutar de una presentación o screening. Como son sus prerrogativas, tenemos la obligación de respetar sus puntos de vista pero no de asumirlos o de escuchar sus peroratas interminables casi sin derecho a réplica.

Es obvio que no es necesario ser un experto analista o un estudioso del cine para opinar sobre lo visto, el error está en basar tales juicios en nuestros traumas personales o políticos, pues en ese momento se pierde el factor credibilidad por la ausencia de un equilibrio entre lo que creemos y la realidad del hecho en sí.

Hace unos días asistí al visionado de una película con un tema conflictivo que toca la historia pasada y eso le da una conexión con la época  actual también, tratándose de unas diferencias que no han sido resueltas por quienes tienen el poder para hacerlo. El caso es que escuchamos unas opiniones que toman poco o casi nada el planteamiento en si del filme.


Una  película basada en hechos históricos es un ejercicio de ficción que debe ser analizado como tal, fría y calmadamente, sabiendo que es una obra de arte con un discurso y una arquitectura técnica, no un texto apegado al rigor histórico. Si nos ofuscamos y los prejuicios nos nublan el entendimiento, tendemos a ver cosas que no existen como El Quijote o asumir cosas que el realizador no tuvo intención de decir, un fallo como espectadores informados que se supone que somos.

La complejidad del hecho artístico llamado cine es tal, que desde que sale de manos del creador cobra vida propia, transformándose al pasar por las pupilas de cada espectador que ve la obra.  Como se dieron cuenta los padres del pensamiento occidental, los griegos, la fortaleza del contenido surge del planteamiento, el análisis y el contraste con pensamientos diferentes.

Ni panfletos ni texto canónico, es cine.

Se ha dicho hasta la saciedad que las emociones son buenas para las relaciones familiares, personales o amorosas pero aplicadas al análisis o las observaciones de determinados hechos como acontecimientos históricos, políticos o artísticos, sus excesos son cuestionables. John Wick 3 no es un documental sobre organizaciones criminales por más datos verosímiles que contenga ni mucho menos Rocketman pertenece a ese género aunque hable de la carrera de Elton John, porque lo que son es obras de ficción sujetas a la interpretación de cada cual.

Confundirse con los contenidos fílmicos es válido, y por eso es recomendable verlos más de una vez, así como releemos  un libro, para aclarar dudas sobre lo visto o leído. Los sentidos se engañan o se confunden, de ahí que observar con detenimiento debe ser un procedimiento estándar.

El espectador cinematográfico prejuiciado es un ser perdido en las luces del mediodía, y si asiste a una película con una maleta llena de preconceptos  jamás podrá disfrutar o entender este hecho artístico pues nadie está libre del pecado del prejuicio, aunque es saludable estar consciente de ello. En mi caso, cuando voy a ver un filme por vez primera, trato de hacerlo con la menor cantidad de información posible sobre él, esperando que quien me hable sea el contenido.


La soberbia, otro pecado capital, es un padecimiento de ese público que se cree experto en todo , que conoce el cine mejor que  André Bazin, Martin Scorsese o Lucrecia Martel, y para quienes historiadores o cronistas históricos como Herodoto, Tucidides o Suetonio no tienen secretos para ellos.

Conversar, discutir o intercambiar pareceres con estos sabios espectadores llenos de conocimientos enciclopédicos sobre la historia o el lenguaje del cine es casi imposible en virtud de su superioridad intelectual que no deja espacio ni para una breve replica , ya que son expertos en el filibusterismo discursivo. Tanto conocen el negocio y el arte del cine que ignoran cómo se financian las películas dominicanas y por supuesto, mucho menos las internacionales.  

Sabelotodos y listillos.

Los críticos que se autoproclaman defensores del cine de contenidos profundos o artísticos y estos sesudos espectadores tienen en común que se creen poseedores de verdades absolutas y que todo lo que este fuera de su órbita de gustos y preconceptos carece de razón y legitimidad artística. A esta gente tenemos que contestarles sin un gasto excesivo de energía o de tiempo.  

Los espectadores cinematográficos prejuiciosos van cargando sus prejuicios hasta las salas para encontrarse con una película que no han visto nunca pero de la que ellos ya lo saben todo. Solo es pasar la última letra de los créditos para que estos herederos de Catón dicten sus sentencias definitivas sobre una obra de arte a la que no entendieron.