El turno al bate

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Por José Francisco Peña Guaba

Existen desafíos que como este artículo por osadía asumimos, a sabiendas que no pocas críticas traerá, tal vez porque voy a romper las no escritas reglas de la simulación, porque haremos un relato descriptivo de cómo somos y no cómo creemos que somos los dominicanos.

Quiero destacar que como toda regla tiene su excepción, así mismo también son los pueblos, aunque su verdadera idiosincrasia habla de la forma de ser, de pensar y de actuar, de una amplísima mayoría de sus ciudadanos, porque está más que claro que no es la totalidad de los mismos, ya que es natural que unos pocos sean diferentes.

Quien me solicitó este escrito fue el amigo y aguzado comunicador, Alfredo de la Cruz, cuando en ameno diálogo me instó a que hiciera otro de mis atrevimientos literarios, actuando de escribidor o relator de los distintivos rasgos de los nacidos y criados en esta media isla.

No cabe la menor duda que los dominicanos tenemos un conjunto de características hereditarias y adquiridas que definen al colectivo nacional, tenemos rasgos muy propios, que nos hacen ser distintos a los de otros países, porque es nuestra cultura y raza que en autóctono folklorismo nos tipifica con un “tigueraje único” que destaca nuestras habilidades formas de sobrevivir.

Los estudiosos del comportamiento y la sociedad señalan cualidades buenas y malas que nos distinguen de otros contextos geográficos. Somos ingeniosos para buscar la forma de conseguirnos “lo del moro” de igual manera, somos ruidosos a grado extremo, al hablar, al escuchar estridentemente la música y hasta en el manejar que no lo podemos hacer si no utilizamos permanente “el toque de bocina”.

Nos gusta ser los primeros en todo, no aceptamos ser segundos, somos impacientes, siempre andamos acelerados, somos impuntuales nunca llegamos a tiempo a cita alguna, pero sobre todo somos muy informales y nos gusta una “chercha” o un “chisme” que es el deporte nacional.

No nos gusta perder ni jugando vitilla, mucho menos en béisbol o en política, somos “bulteros” y nos creemos que todo lo sabemos, somos “súpercómodos” no nos gusta coger lucha por nada y tenemos el complejo de guacanagarix porque siempre preferimos lo extranjero a lo local.

Somos en nuestra inmensa mayoría “oportunistas”, nos cambiamos de bando y de partidos por simples conveniencias, y siempre estamos en “alerta o chivos” para tratar de no caer en gancho alguno. El 85% de nuestra población es mulata y negra pero, vivimos avergonzados por nuestro color de piel, porque nos creemos blancos aunque seamos más negro que un azabache.

Todos somos clase media, aunque vivamos en el más popular y pobre de los barrios, nos gusta siempre estar pegao’ de alguien con poder y somos multifacéticos porque decimos que hacemos de todo, nos agrada demostrar que estamos mejor enterado de lo que pasa aquí y en el mundo más que nadie.

Para un dominicano no existe lo imposible, a todo se le puede buscar la vuelta y todas la cosas que pasan en la política es motivo de comentarios en toda reunión o mentideros como parte del farandulismo nacional.

Somos también alegres, amables, hospitalarios y conversadores, porque es común que a un desconocido que acabas de conocer le cuentes tu vida en la primera media hora de conversación.

Pero, un rasgo típico de la mayoría de los dominicanos es que tenemos un pensamiento amoral sobre el tema de la corrupción, a la que conocemos cómo el natural “derecho a la búsqueda”.

Por eso siempre estamos entre los países con mayor nivel de corrupción, según los índices de percepción de corrupción (IPC), que en un Informe Anual pública la organización no gubernamental Transparencia Internacional, que para el 2020 nos colocó en los últimos lugares entre los países más corruptos del mundo. La corrupción dominicana es histórica, sistémica y familiar pero, sobre todo de una sociedad del turno al bate.

Es histórica porque existe desde antes de la conformación de la República, porque en las colonias los administradores, gobernadores y virreyes se hicieron de fortunas. Es sistémica porque está en toda la sociedad y en todos los estamentos de la misma; es familiar porque ahí es que inicia por las presiones que le hacen a todo el que tiene oportunidad de llegar en el sector público o privado para que les resuelva la vida a todos sus familiares, por eso siempre he dicho que los súper honestos lo primero que pierden es el afecto real de su propia familia y sus cercanos amigos, porque el que llegó y no los ayudó para siempre se embromó, porque esa cuenta se la llevaran de por vida.

Me decía el afable Alfredo la Cruz que somos una sociedad de envidiosos porque todo el mundo lo que quiere es que le llegue su “turno al bate” que no es más que un “quítate tú pa’ ponerme yo”. Porque explica y coincido con él, que los más críticos de las acciones ajenas si tuvieran la misma oportunidad lo harían tal vez mucho peor que muchos de los acusados de hoy, porque en esta vorágine de simuladores, son honestos solo porque no le has llegado “el turno al bate”.

Los líderes  honestos de verdad y que no tuvieron fortuna no llegaron, como el caso de Juan Bosch y de Peña Gómez, que son nuestros mejores paradigmas pero, casi nadie desea vivir como ellos de la solidaridad de amigos y compañeros por no haber tenido patrimonio alguno.

Honestísimos funcionarios como lo fue el Dr. Jorge Martínez Lavandier, que después de haber ocupado los mejores cargos en los Doce Años de Balaguer, murió en un asilo con una jubilación de hambre y nadie le ha reconocido ni promovido su honestidad como estandarte, cuando tan correctísimo servidor público falleció el murmullo nacional le criticó por no haberse buscado ni siquiera lo mínimo como para tener una vida digna.

Cuando veo a otros criticando lo que de seguro harían igual, se ratifica el espíritu hipócrita y teatral de los, que por falta de oportunidad, se convierten en los más serios de la República, claro está, solo de boca, porque cuando el destino lo pone en ruta de solución se les olvida ahí mismo su prédica moralizadora.

No hay cosa más honorable y seria que un rico “que todo le sobra y nada le falta”, que como logro su estabilidad económica gracias a un golpe de suerte, a una herencia o a un trabajo de donde se la ha buscado algunas veces vendiendo a sobreprecios, explotando con míseros sueldos a sus empleados y casi siempre evadiendo los impuestos del Estado le quieren dar clase de “moral y cívica” al que nada tiene y que se las tiene que ingeniar para comer cada día,

Sé de gentes que se venden como honestos pero, que de una manera u otra se benefician de la corrupción, como representantes de la sociedad civil a la cual los Gobiernos les asisten, económicamente o a comunicadores que llevan cruzadas para encarcelar a otros, y éstos reciben publicidad de manera obligada a modo de chantaje por millones y millones de pesos de las instituciones públicas, ¡más bueno que es así!

Solapados moralistas que se la buscan de diferentes maneras pero, que acremente cuestionan hasta a humildes compañeritos porque reciben un sueldito del Gobierno o los impostores que sirven de promotores de falsas éticas pero, que han vivido al amparo de servirles a la insaciable y evasora oligarquía.

Es un cuento chino eso “del que el que tiene no roba”, pues en este país es al revés, porque los que más duro le han dado a la pelota en los cargos públicos son los que llegan con dinero con sus honrosas y escasísimas excepciones, porque usan sus vastos conocimientos, recursos y relaciones para hacer más dinero que el que haría el que llega sin patrimonio económico alguno a un cargo público.

No funcionará ninguna medida para reducir la corrupción que nazca de la voluntad particular del dominicano, solo los mecanismos que impidan la discrecionalidad en acciones que les permitan agenciarse lo suyo lo pueden evitar, si se les  deja a más de 400 incumbentes de instituciones decidir que comprar o contratar seguro que a la larga será imposible controlar que no se beneficien, por eso abogó a que la compra, contratación y concesión de todo lo del Estado debe estar en pocas manos y por cierto muy bien paga para no caer en lo mismo.

Veo en artículos, redes y en altisonantes declaraciones criticar la corrupción a gente que si le dan la oportunidad “se casan con la gloria” porque resuelven sus problemas de por vida.

Esta sociedad a fuerza de gobiernos que no le dan estabilidad laboral a los ciudadanos, han convencido a los servidores públicos que el “trabajo honesto no paga”, porque conozco a cientos que le han dedicado sus mejores años y conocimientos al Estado y le han pagado con no aumentarles los salarios para nombrar amigos, familiares y novias, y desvincularlos sin causa justificada alguna.

No hay cosa que desmotive más a un empleado público que ver como nuevos empleados llegan a mejores posiciones sin capacidad y experiencia, y que en poco tiempo se forran de dinero, mientras ellos a duras penas tienen sueldos “cebolla” y son los que más trabajan, y después de largos años de correcto servicio público le pagan con una cancelación que terminan con coger toda la lucha del mundo para cobrar sus prestaciones laborales.

El funcionarato público está desencantado, porque los que llegan lo designan con sueldos altísimos mientras el servidor público dedicado no es tomado en cuenta para aumento alguno, que cuando suelen subirle “alguito” es para evitar que se les vaya descontento a trabajar a otro lado y lo necesitan para seguir teniéndolos en las instituciones “como burriquito de carga” o porque es el único que sabe en verdad hacer las cosas bien.

Por eso es una falacia que los corruptos solo son los políticos, los hay en todas las áreas y sectores, porque es un grave problema social y cultural que no cambiará tan fácilmente.

La cruzada moralizadora que lleva a cabo el Presidente Abinader es loable pero, no dará frutos tangibles si no se toman medidas excepcionales para terminar con la discrecionalidad en los asuntos administrativos a los incumbentes, y mientras el Estado no les garantice estabilidad laboral con salarios justos a los servidores públicos, porque nadie está en dedicarle su vida a un Estado que lo desvincula o que los deja como bagazo después de todos esos años con un retiro percibiendo un salarios de miseria.

La megacorrupción está acabando con la cuentas nacionales pero, eso es obra no de empleados ni de políticos, sino de empresarios, contratistas y lobbistas, que solo piensan en obtener millones de dólares para aumentar sus inmensos patrimonios y seguir llevando una vida de príncipes, en clubes sociales, en villas, con aviones y helicópteros y en viajes permanentes de disfrute de lo ilegalmente obtenido pero, a esos corruptores la justicia no los menciona porque la obsesión nacional es buscarle culpas solamente a los políticos.

Mientras los anónimos propietarios de las inmensas fortunas de la corrupción no vayan a parar a la cárcel también como con los otros simples mortales, la acción sesgada de la justicia  no dará resultados y lo único que construirá es un círculo de defensa de los que no tienen apellidos rimbombantes, porque aunque también culpables éstos son imputados selectivamente, exonerando a los ricos y oligarcas dueños de la República, porque estos siguen siendo intocables. Mientras en el círculo de espera están los muchos, esperando que les llegue, no lo duden “su turno al bate”