Edoardo Giribaldi

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Ciudad del Vaticano. El Evangelio anunciado entre las heridas de la historia y del mundo. La dignidad defendida cuando el hombre es tratado como un engranaje productivo. Y el coraje de un “sí” que puede tener el precio de la sangre. Es el hilo conductor que une a los Misioneros Oblatos de María Inmaculada -en el 200º aniversario de la aprobación de sus Reglas y Constituciones- y a las Hermanas de Nuestra Señora de los Apóstoles, a 150 años de su fundación.

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Al recibirlos en audiencia este sábado 21 de febrero de 2026 en la Sala Clementina del Palacio Apostólico Vaticano, el Papa León XIV pidió a ambos custodiar un genuino y generoso “espíritu de familia”, capaz de hacer de las comunidades un “espejo del amor de Dios en el mundo”.

La cercanía a los trabajadores explotados como “recursos productivos”

El Pontífice, pronunciando su discurso en inglés, se detuvo primero en el lema elegido por san Eugenio de Mazenod para la fundación de los Misioneros Oblatos -“Me ha enviado a evangelizar a los pobres”, tomado del Libro del profeta Isaías-, calificándolo como un manifiesto de audacia. Una expresión que surge en un contexto histórico, entre los siglos XVIII y XIX, en el que “Europa se ve sacudida por acontecimientos complejos y dramáticos”, que hacen urgente el anuncio evangélico a los últimos.

Igualmente incisiva y “provocadora”, observó el Papa, es la audacia con la que san Eugenio, ya obispo de Marsella, responde a la petición de ayuda del arzobispo de Montreal, monseñor Bourget, enviando religiosos primero a Canadá y luego a Europa, África y Asia. Una generosidad que dio origen a una floreciente obra misionera y vocacional.

Hacia aquellos que “nadie alcanza”

Hoy, con más de tres mil religiosos presentes en setenta países del mundo, el ministerio de los Misioneros Oblatos mantiene la misma apertura hacia los últimos, resaltó el Pontífice. La obra se enriquece además con una creciente interculturalidad, “don” y al mismo tiempo “señal”, que permanece como memoria viva de los orígenes del instituto.

León XIV retomó luego las palabras de Papa Francisco, dirigidas a los Misioneros Oblatos durante una audiencia en octubre de 2022:

“A esta Iglesia, a la que el Fundador os enseñó a amar como a una madre, ofrecéis vuestro celo misionero y vuestra vida, participando en su éxodo hacia las periferias del mundo amado por Dios, y viviendo un carisma que os lleva hacia los más lejanos, los más pobres, aquellos a los que nadie llega”.

El testimonio evangélico, entre enfermedades y martirio

El Papa se dirigió después a las Hermanas de Nuestra Señora de los Apóstoles, partiendo también en este caso de su lema, inspirado en los Hechos de los Apóstoles: “Con María, Madre de Jesús”. Una fórmula propuesta por el padre Agustín Planque, fundador, hace siglo y medio, de la congregación que asegura la “indispensable presencia femenina” en las obras de la Sociedad de Misiones Africanas.

“Muchas mujeres respondieron a su llamado, desde Francia y muchos otros países, aceptando el reto de acompañar a María para ser, como ella, testigos de Cristo entre los apóstoles y en el mundo. A muchas de ellas, ese “sí” les costó la vida debido a los rigores del trabajo misionero, la exposición a enfermedades y, recientemente, el martirio.”

Esto no desanima a las religiosas, quienes continúan trabajando en contextos difíciles, ofreciendo un servicio atento a cada persona y dando testimonio de “fraternidad y paz”, tal como el propio Pontífice les pidió hacer, evocando el llamamiento lanzado por san Juan Pablo II con ocasión de la VI Jornada de la Vida Consagrada en febrero de 2002.

La “familiaridad común”

León XIV concluyó su discurso recordando la “familiaridad” común de los dos institutos religiosos. Esta nace del encuentro con Dios y brota de la Eucaristía, de la oración y de la adoración, así como de la escucha de la Palabra y de la celebración de los demás Sacramentos.