El Masacre sin dolientes

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Por Elvis Valoy

El agua es asunto de vida. Los tesoros acuíferos de cualquier país deben ser cuidados e impedidos de ser desvirtuados y sometidos a presiones que liquiden sus cauces. El mundo conoce innumerables conflictos los cuales han tenido como punto de nacimiento al invaluable líquido. Para muestra basta el rio Jordán que es fuente de feroces choques entre Israel, Siria, Jordania, El Líbano y Palestina.

Los históricos ríos Tigris y Eúfrates han generado posiciones encontradas entre Siria e Irak. Igualmente el ancestral Nilo ha sido eje de pugna entre Egipto, Sudán y Etiopía. De igual manera están los Altos del Golán, Franja Gaza y Cisjordania, lugares en donde Israel y Palestina mantienen un encarnizado enfrentamiento derivado del suministro de agua dulce.

El asunto de la fórmula de oxígeno e hidrógeno es de tal magnitud que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) elaboró una resolución en el año 1970 al respecto.

De nuestro lado, el rio Masacre languidece, y ya ni siquiera se pasa a pie, pues el cruel y perverso maltrato de la ciudadanía de ambas naciones, la apatía de las autoridades y el cambio climático, lo han llevado casi a su extinción.

Cualquier acción unilateral no concertada sobre el afluente fronterizo podría devenir en desastrosa para las partes, por lo que más que construir desvíos de sus diezmadas aguas, lo que procede es reforestar sus riberas, detener la brutal deforestación y buscar soluciones que le pongan fin a su destrucción, que en resumidas cuentas, debió ser el ítem principal de la reunión de la comisión dominico-haitiana.

Como nuestra diplomacia se asemeja a un barco sin timón que navega en el mar de la incertidumbre, la improvisación y el desorden, consecuencia de todo esos desmanes es que al Masacre, lo han masacrado.