El Día de la Libertad

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Por Manuel Hernández Villeta

Es correcto que el 30 de mayo sea declarado Día de la Libertad. Es la fecha del ajusticiamiento del tirano Trujillo. El hombre fuerte de San Cristóbal encabezó uno de los períodos más negros de la historia dominicana, que por ninguna circunstancia se debe repetir.

Sin embargo, una parte considerable de dominicanos tiene miedo de analizar a raíz a la dictadura de Trujillo. Los historiadores han puesto una pared en esos 31 años. Cierto que fueron de sangre, de muerte, de opresión, pero nada se da entre el cielo y la tierra que no corresponda a una coyuntura momentánea.

La dictadura de Trujillo no la trajo  una nave extraterrestre. Fue producto de las condiciones sociales imperantes en la primera parte del siglo 20. Trujillo se vendió como el amigo de los hombres de trabajo, el que ofrecía paz y tranquilidad, y la población lo compró.

Del temor colectivo, de la desesperanza, del no saber dónde está el futuro, pero con la tierra temblando en el presente, de ahí es que encuentran  los dictadores la argamasa para hacerse del poder. Trujillo se montó a lomo de caballo de una sociedad dividida, donde cualquier hombre de pantalones bien puesto se declaraba jefe regional.

El mundo cambió luego de la primera guerra mundial y la revolución Bolchevique. Los Estados Unidos necesitaban tranquilidad en su patio interno, unos quince años antes de la llegada de Trujillo al poder habían intervenido en el país. Los generales de manigua mandaban, y la oposición a la intervención era fiera. Los viejos caudillos de la política local se dividían por una  parte del poder. Vieron su solución en un hombre de puño de hierro y sanguinario a toda prueba.

Trujillo se enquista en el poder atrayendo a la masa campesina, que era la mayoría en esa sociedad dominicana del 30 y vendiendo la idea de que se habían acabado las injusticias y la sociedad partida en segmentos de primera, de segunda y de tercera. La intelectualidad se postró a los pies de este encantador de serpientes envenenadas.

Sin el apoyo de la iglesia, Trujillo talvez no hubiera existido como gobernante de larga data. Lo respaldó en  el momento de mayor brillo y poder de convocatoria de la Iglesia Católica. Fue una unión  de cerca de 30 años, y lo soltaron a su suerte cuando perdió el favor de los norteamericanos, y la vieja clase social de primera quería su ajusticiamiento.

Trujillo aplastó con su bota las libertades públicas y el libre juego de las ideas. Destruyó la integridad de la familia dominicana, se metió en los bolsillos del pantalón el decoro y la dignidad. Los dominicanos vivieron una dictadura sangrienta y desconocedora del derecho a la vida.

Sin embargo, Trujillo no fue sacado por una revuelta popular, sino por las contradicciones e inconformidades de sectores que lo habían respaldado en otras circunstancias. Las ideas y la forma de gobernar de Trujillo se reciclaron, y están hoy presentes en la vida nacional. Fue un día de la libertad, pero los nubarrones siguieron con un golpe de Estado y una intervención militar norteamericana, y el hambre y la marginalidad social. Seguimos esperando un nuevo día de la libertad. ¡Ay!, se me acabó la tinta.