Drama, identidad y contexto social en Carajita

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Humberto Almonte

Analista de Cine

Las vías de los creadores para lograr la trascendencia de sus obras son múltiples, pero todas convergen en una base social que se nutre de las raíces identitarias, de los sueños, deseos y sentimientos de los individuos que habitan esos contextos para inspirarse. De ahí proviene la autenticidad de una película tan minimalista como Carajita.

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Esta historia nos habla de Sara (17 años) y su niñera Yarisa (36), quienes tienen una relación que parece trascender su clase social: son lo más parecido a una hija y una madre, pero un accidente irrumpe en sus vidas y pone a prueba la inocente ilusión de que nada las separará.

La dirección es de Ulises Porra y Silvina Schnicer, y el guion de Porra, Ulla Prida, Schnicer, con Prida a cargo de la  historia. El elenco está compuesto por Cecile van Welie, Magnolia Núñez, Richard Douglas, Génesis Buret, Yuberbi de la Rosa, Javier Hermida, Clara Luz Lozano, Adelanny Padilla y Dimitri Rivera, entre otros.

Después de su estreno internacional en la Competencia Nuevos Directores del Festival de San Sebastián donde obtuvo una Mención Especial del Jurado, formó parte de la programación del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, del Miami Film Festival  con varias distinciones y en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara donde consiguió cuatro premios, entre ellos Mejor Película Iberoamericana, Mejor Dirección, Mejor Fotografía y Mejor Actriz para Magnolia Núñez. 

La ceguera selectiva y el buenismo aparente de la sociedad dominicana son mostrados en todo su esplendor, lo que no ha sido pasado por alto por críticos y espectadores en el extranjero en donde ha sido exhibida esta obra de cámara sobre el clasismo y el micro racismo criollo.

Exclusión, opulencia y conflictos existenciales.

Alejados de los discursos grandilocuentes, los realizadores y guionistas se centran en potenciar la energía narrativa de una cotidianidad alejada de los estereotipos, para sumergirse en la trayectoria vital de dos mujeres que comparten unas conexiones emocionales, que a pesar de su aparente fortaleza poseen la fragilidad existencial inherente de los seres humanos. 

Dirigido por las manos firmes pero contenidas de Porras y Schnicer, este drama íntimo va mas allá de la debacle emocional de dos mujeres y su contexto familiar, mostrando las grietas de la realidad socioeconómica que se esconde tras la armonía simulada de la sociedad dominicana. Todo ello enmarcado en el ritmo moroso de las acciones y conflictos interiores que se desarrollan en el microcosmos de una zona turística.

Una de las revelaciones destacadas en el 2021 es la película Carajita, distinguida por una Mención de Honor en el Festival de San Sebastián, España,  donde Magnolia Núñez se encarga de proyectar las complejas rutas emocionales que se cruzan con sus realidades socioeconómicas o laborales, entregándonos una Yarisa que ilumina la pantalla con su presencia actoral de una fuerza tan intensa.

La Yarisa, Yari o Santa, según el entorno de Núñez, se mueve entre los afectos de su hija y la hija de la familia donde trabaja, a quien de hecho ha criado. Su economía del lenguaje expresivo, cargado de silencios y miradas, le otorgan un enorme peso dramático en este filme.

Echarse sobre los hombros a Sara en el largometraje Carajita, suponía un riesgo en todo el sentido de la palabra por Cecile van Welie, quien lo asume, resolviéndolo con suficiencia. La adolescente enfrentada a un entorno familiar disfuncional, la difícil tarea de sobrevivir a la adolescencia y a involucrarse en un  accidente mortal, son los terrenos donde se mueve su personaje.

La familia construida de Yarisa en su lugar de trabajo, colisiona con la de sangre, así la tragedia de su hija Mallory es a su vez la de su hija afectiva Sara por lo que el derrumbe es interno y externo, físico y emocional. Yari es el centro del vínculo que indirectamente conecta a Sara y Mallory, algo que dilata su sismo interno y el posterior colapso de su universo. Y como predijo Yarisa, “el azar es caprichoso”.

Auxiliarse de un grupo de secundarios con personajes estructurados bajo la premisa de una interconexión dramática que atraviesa las motivaciones interiores, le da a estos la posibilidad de aportar unos matices que articulándose alrededor de  Yarisa, Sara y el complejo universo social y sicológico, substrato de este filme, hace que Adelanny Padilla (Mallory), Génesis Buret (Mirta), Javier Hermida (Álvaro) o Dimitri Rivera (Diego), entre otros, llamen nuestra atención.

Los usos de la música de Andrés Rodríguez en este filme pueden situarse entre uno de los más apropiados y conscientes de la cinematósfera dominicana, la comunión entre imágenes  y sonoridades en escenas como la de Yarisa sentada en un colmado (pulpería, tienda de conveniencia), perdida dentro de sí en un torbellino existencial mientras suena La vida no vale nada, la bachata compuesta por Pablo Lozano: “La vida no vale nada, La vida no vale nada/ Sin dolor ni sentimientos / Si encontrada la paciencia / Yo me parto el corazón ”, verbalizando lo que ella no expresa, es decir, lenguaje cinematográfico en su máxima expresión. Puede aparecer una musicalización  como en la escena catártica con Yarisa casi al final, que a nuestro modo de ver  no nos deja convencidos, pues se aleja del tratamiento más sutil que vemos en la mayoría de la trama.

En la fotografía de Ivan Gierasinchuk y Sergio Armstrong, descansa la atmósfera que recubre a Carajita, pues el contraste de iluminación, composición, colores y movimientos, producen un efecto casi mágico muy cercano a lo real maravilloso de Carpentier con tonalidades caribeñas. Domar la luz de las regiones antillanas es un logro en sí mismo.

Causas y azares a nivel del mar.

Lo simbólico y la realidad visible se entrelazan para complejizar la lectura de esta obra cuya superficie se deja acariciar por la mirada obvia de lo sencillo que desaparece en cuanto rascamos su capa sicológica.

Ulises Porra y Silvina Schnicer articulan un drama a la vez íntimo y sutil, apoyándose en las raíces socio-culturales de ambas mujeres, sin caer en lo panfletario, la pornomiseria o lo melodramático. Los contextos sociales en donde los realizadores sitúan la película, refuerzan el sentido de autenticidad que transmiten sus imágenes entre lo etéreo y lo documental.

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