Danylsa Vargas

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Cada Día Internacional de la Mujer, la República Dominicana repite un ritual conocido: actos oficiales, discursos institucionales y compromisos renovados. Sin embargo, más allá de la conmemoración, la pregunta sigue siendo incómoda: ¿realmente ha cambiado la vida de las mujeres dominicanas?

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Es justo reconocer avances. Desde el Ministerio de la Mujer se han impulsado programas de apoyo a víctimas de violencia, emprendimiento femenino y protección social. También ha crecido la presencia femenina en espacios profesionales y académicos. El tema de género ya no es marginal; hoy forma parte del debate público.

Pero los números cuentan otra historia

La violencia sigue marcando la realidad de demasiadas mujeres. Cada feminicidio evidencia que la protección estatal llega tarde o no llega. La brecha salarial persiste, la informalidad laboral golpea más a las mujeres y la carga del trabajo doméstico no remunerado continúa recayendo mayoritariamente sobre ellas. La pobreza tiene rostro femenino, especialmente en zonas rurales.

En política, aunque existen cuotas, el poder real sigue concentrado mayoritariamente en manos masculinas. Y en materia de derechos reproductivos, el país mantiene una de las legislaciones más restrictivas de la región, limitando la autonomía de las mujeres incluso en situaciones extremas.

El problema no es la falta de discursos. Es la falta de transformación estructural

Este 8 de marzo encuentra a las dominicanas en una encrucijada: con más visibilidad y más conciencia social que antes, pero todavía enfrentando desigualdades profundas que no se resuelven con actos simbólicos ni con campañas temporales.

El verdadero avance no será cuando el tema sea tendencia, sino cuando deje de ser urgente.

Porque el Día de la Mujer no debería ser una fecha para felicitar, sino para incomodar… y para cambiar.