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Santo Domingo

Debates electorales obligatorios

Danilo Cruz Pichardo

Muy edificante resultó ser el debate que, con miras al balotaje del 13 de abril, celebraron recientemente el presidente del Ecuador, Daniel Noboa, y la candidata de Revolución Ciudadana, Luisa González.

Discutieron en torno a una agenda que comprende los diversos problemas de ese país y ambos mostraron dominio de los temas, formulando propuestas correspondientes en caso de uno u otro ser favorecido con el sufragio mayoritario.

Cada vez que observo debates en las nacionesdemocráticas, sobre todo de la región, pienso que en nuestro país también debían ser obligatorios por ley. Y es oportuno sugerirlos en momentos en que los legisladores tienen pendientes la modificación de las leyes electorales, con motivo de la sentencia del TC que permite candidaturas fuera de los partidos políticos, para introducir ese cara a cara, necesario para que la opinión pública nacional conozca el pensamiento político y las propuestas programáticas de los hombres y mujeres que aspiran a conducir el país.

Algunos evaden el debate por diversas razones. En ocasiones no son muy buenos articulando ideas, pero también puede ser por miedo escénico o falta de competencia sobre los temas políticos, económicos y sociales de la República Dominicana.

La verdad es que el debate político es más difícil que responder preguntas en una entrevista televisiva o radiofónica, donde por anticipado no se conocen los aspectos que abordaría el entrevistador, pero regularmente las preguntas son abiertas y no hay limitación extrema en el uso del tiempo.

En los debates hay el inconveniente que en ocasiones se conceden uno o dos minutos para expresar lo que haría sobre un problema, por lo que se requiere una gran capacidad de síntesis para decir muchas cosas en poco tiempo.

De las presentaciones públicas de un político, que tiene que hacer uso de la palabra hablada, se prefiere la conferencia o discurso tradicional, donde previamente prepara los puntos que trataría, inclusive el orden del desarrollo.

No faltan los que se valen del teleprompter en sus alocuciones, pero lo recomendable es ejercitar la memoria, subir y bajar los tonos, aprender a hacer suspensos y paréntesis, acompañar las ideas con movimientos de las manos y usar un lenguaje acorde al nivel cultural del auditorio. Dramatizar. Y siempre tener comoobjetivos conectar y persuadir.

Sobre oratoria hay muchísimos libros; también sobre los debates políticos hay manuales, pero unos y otros recogen las consideraciones de los autores, las cuales se podrían tomar dependiendo de la cultura de cada país.

Independientemente de lo que digan ciertos textos hay aspectos que son claves, empezando por una satisfactoria preparación de los temas, aportando estadísticas durante el debate.Ofértese como un estadista durante el debate.

Es normal que haya cierta tensión antes del encuentro, la cual desaparece inmediatamente inicia el cara a cara, donde se recomienda exhibir una postura relajada, seguridad de sí mismo, procurar no equivocarse en la pronunciación de algún vocablo y excelente dicción. Sin embargo, el mejor secreto de un debate descansa en no dejarse arrastrar hacia temas de interés del adversario, no caer a la defensiva, irse por la tangente y siempre mantenersea la ofensiva.

La experiencia indica que si el adversario se equivoca en un tema, usted debía insistir sin piedad sobre el mismo, una forma de acorralarlo y proyectar ante el electorado su derrota inminente en el debate. Siempre es importante investigar las debilidades y los temas que resultan desagradablesal contrario, para enrostrar y procurar que pierda la serenidad.

Pero no olvide que usted tampoco nunca puede perder la ecuanimidad, pues sería un error al cual nos exponemos todos al sentirnos ofendidos.

En otros países se acostumbra mucho, en los debates políticos, atacar con temas de la vida privada e íntima de la persona. Aquí no es aconsejable, aunque se trate de un borrachón o mujeriego.

Y si lo hacen con usted, hágase la víctima aduciendo que por ética nunca sería capaz de inmiscuirse en asuntos privativos de otras personas, lo que revela la pobre clase moral y lo que sería capaz de hacer su contrincante en caso de alcanzar el poder.

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