Cine sobre Semana Santa: La Última Cena de Tomás Gutiérrez Alea

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Dos mil años son toda una eternidad para cualquier ser humano y aunque el promedio de vida aumenta con el progreso de la ciencia y los cuidados a la salud, no alcanzamos a vivir esos años como lo pueden hacer las tradiciones, como pasa con la tradición cristiana de la Semana Santa.

La conmemoración anual de la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret  está marcada por una intensa actividad litúrgica para una gran cantidad de cristianos que asisten a misas, procesiones y representaciones, organizadas por las jerarquías eclesiásticas. Pero estas se ven teñidas de los aportes populares en los diferentes países donde se practican.

En esta época del año se exhiben una gran cantidad de filmes sobre la figura del Mesías y de los apóstoles, en los romanos y en los hechos protagonizados por estos, ya sean repeticiones o estrenos, al igual que los canales de tv o en las salas de cine donde se reponen en la programaciones y en las carteleras los clásicos religiosos, nuevas versiones de estos y las que tocan el tema aún sea de soslayo.

El tratamiento que dan los cineastas latinoamericanos a la Semana Santa está inmerso en la religiosidad popular, con unas lecturas teológicas y sociológicas de gran profundidad, dada la importancia de estas creencias para nuestros pueblos.

El cubano Tomás Gutiérrez Alea dirigió La Última Cena, una de sus grandes películas con un guión construido a partir de una anécdota narrada en el libro El Ingenio de Manuel Moreno Fraginals, en donde el dueño de un ingenio, el Conde de Bayona, ofrece a sus esclavos un remedo de aquel Jueves Santo donde Jesús lavó los pies de los apóstoles, los sentó a la mesa y les sirvió la cena. El Conde, en un alarde de profundo cristianismo quiso hacer lo mismo con los esclavos, por lo menos en la superficie, como una representación vacía de verdadera espiritualidad, pero muy apropiada como bálsamo para calmar sus complejos de culpa.

Esclavismo, religión y estructuras de poder.

La película estructura su contenido para ilustrarnos sobre los mecanismos de producción en los que se apoyan los esclavistas para acumular bienes de capital en alianza visible con la jerarquía de la iglesia, la que valida con su actuación el desapego hacia los que estaba llamada a defender de acuerdo con sus principios y su discurso.

Gutiérrez Alea se introduce en los vericuetos de la teología para construir una discusión entre amos y esclavos, desmontando la falsa piedad del Conde, representante del poder económico y político, desnudo ya de su coartada religiosa.

Los esclavos preguntan, argumentan y escuchan al gran señor, quien despliega toda su falsa piedad para prometerles una liberación y una igualdad que llegara al otro día, el Viernes Santo. Lo hace de la forma como solía  responder el poder de la época  a las aspiraciones de esos maltratados seres, con torturas, muertes y endurecimiento de las condiciones de trabajo.

La Última Cena trata a los esclavos como individuos con las características precisas que los diferencian a unos de los otros, renunciando al paternalismo clonador o masa amorfa como mecanismo de identificación con el público, evitándole el esfuerzo de distinguir costumbre, culturas o nacionalidades de origen.

Aquí, en el banquete de los esclavos/apóstoles que preside el Conde/Jesús,  es el ágora donde unos y otros constatan las insalvables diferencias de sus visiones e intereses, pese al aparentemente afable ambiente que se respira.

El Conde lanza su discurso justificador lleno de palabras con apariencia de verdades absolutas, usando como muletilla un cristianismo que se revela ampliamente retórico, justificador de las desigualdades de clase y muy alejado del espíritu bíblico.

El cura y el maestro del azúcar, pese a sus devaneos  liberales, se ponen de parte del amo al estallar el conflicto, alineando la religión y la ciencia con los interese financieros, como normalmente ha pasado a lo largo de la historia.

Al final, Gutiérrez Alea toma partido por el realismo mágico cuando Sebastián escapa merced a sus poderes, mientras que el Conde se regodea con los esclavos crucificados en ese Viernes Santo sangriento.

Teología, historia y cine.

Las trascendentes discusiones que el cineasta plantea deberían ser estudiadas por los teólogos de nuestro continente, porque la exposición del Conde con sus paralelismos  jalados por los pelos, trata vanamente de barnizar las desigualdades y de darle consistencia bíblica a la esclavitud. Solo las preguntas, observaciones y dudas de los esclavos constituyen un notable tratado teológico-estético.

La autenticidad en la película se logra, no solamente por la filmación en lugares que guardan similitud con aquellos donde se  desarrollaron sucesos similares, además con los precisos patrones lingüísticos de la época y el documentado estudio de los usos  y las costumbres de los ingenios azucareros y sus habitantes.

El director se ha concentrado en la sicología de cada personaje, en las situaciones, más que en los aspectos técnicos y formales, de ahí la verosimilitud que desprende el filme, liberado de esos tecnicismos inútiles que lastran los contenidos, desnaturalizando las obras fílmicas.

La redondez de La Última Cena en sus aspectos estéticos y su inmersión en la historia colonial, estructuras de poder de la época y religiosidad popular,  le asignan a esta obra un sitial especial en el cine latinoamericano, y colocan a su director, Tomás Gutiérrez Alea, en la primera fila del cine de autor.

Humberto Almonte

Analista de Cine.-