Margarita Cedeño
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Un reciente editorial del periódico El País propone prohibir productos adictivos a los menores, bajo el entendido de que uno de cada diez adolescentes presenta un uso problemático de redes sociales y uno de cada tres está en riesgo de cruzar esa línea. Pero más allá de las cifras, conviene preguntarse si lo que estamos viendo es una “adicción adolescente” o un fenómeno colectivo de adicción tecnológica que reconfigura la mente humana en su conjunto.
La palabra “adicción” ha sido tradicionalmente asociada con sustancias bioquímicas como el alcohol, tabaco, opioides y otros, que desencadenan cambios fisiológicos claros y síndrome de abstinencia definido. Sin embargo, múltiples estudios científicos describen que el uso intensivo y problemático de redes sociales genera patrones de comportamiento y neurobiológicos que se asemejan a los de las adicciones conductuales. Investigaciones publicadas en revistas médicas y plataformas de acceso abierto muestran como el “enganche” diario refuerza la búsqueda compulsiva de estímulos e interacción en línea.
La adolescencia es, precisamente, un periodo de desarrollo cerebral crítico en el que las regiones vinculadas a la recompensa, el control de impulsos y la regulación emocional aún maduran. Estudios de neurociencia del desarrollo indican que esta vulnerabilidad biológica aumenta la susceptibilidad de los adolescentes a reforzar hábitos de uso intensivo, sobre todo cuando el diseño de las plataformas está orientado a maximizar la retención y la atención del usuario.
Este condicionamiento sugiere que, en términos de vulnerabilidad, los jóvenes están biológicamente más predispuestos a formar patrones adictivos de uso digital, lo que se evidencia en correlaciones consistentes entre uso problemático de redes sociales, síntomas de ansiedad, depresión y estrés en adolescentes y adultos jóvenes. Además, hay evidencia de que la exposición temprana y prolongada puede afectar procesos cognitivos y de desarrollo cerebral implicados en la motivación y la atención.
Estos hallazgos no implican que las redes sociales en sí sean inherentemente patológicas ni que su uso ocasional sea dañino. De hecho, la literatura científica señala que el impacto de las plataformas varía según estilo de uso, contexto social y factores individuales, como el apoyo familiar y la resiliencia personal. Sin embargo, la intensidad y compulsión del uso problemático sí ha sido asociada con peor bienestar psicológico en una fracción significativa de jóvenes, y también con riesgos indirectos como alteración del sueño y menor interacción social presencial.
Pero si formulamos esta cuestión en términos de política pública, el contraste entre adolescentes y adultos adultos obliga a una mirada más amplia. En adultos, también se ha documentado que las redes sociales pueden promover comportamientos compulsivos, interrumpir rutinas y afectar el bienestar emocional.
Aunque las estructuras de madurez cerebral y autocontrol son más robustas en la adultez, la integración de las plataformas digitales en la vida cotidiana de millones de personas ha generado patrones de uso compulsivo que algunos investigadores han comparado con ludopatías o adicciones sin sustancias. La dependencia no está confinada a los jóvenes; simplemente, en estos últimos, los factores biológicos de desarrollo amplifican la respuesta.
No podemos ignorar que la adicción conductual a las redes sociales se extiende más allá de la adolescencia. Lo que está en juego es una transformación profunda de cómo los seres humanos procesamos la atención, las relaciones y la identidad en un entorno mediado por algoritmos. La adicción ya no es solo un problema individual en jóvenes, es una condición colectiva que plantea preguntas sobre libertad, diseño tecnológico y responsabilidad social.
Proteger a los adolescentes implica tanto establecer límites cómo repensar el tejido cultural que normaliza la fórmula de “enganche a cualquier precio”. Si no encaramos esta cuestión como un desafío de todos corremos el riesgo de que la dependencia digital deje de ser una fase de desarrollo para convertirse en una característica definitoria de una nueva sociedad conectada.









