La caficultura dominicana no entró en crisis de un día para otro. El colapso fue lento, acumulativo y terminó por hacerse más visible a partir de 2010, cuando la producción comenzó a caer de manera sostenida hasta tocar uno de sus puntos más bajos en la historia reciente.

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Durante décadas, el café había sido un cultivo con peso económico y territorial, capaz de sostener comunidades enteras en zonas montañosas. Sin embargo, ese equilibrio se rompió y obligó a replantear el modelo productivo desde sus cimientos.

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Las cifras permiten dimensionar el deterioro. Entre 2002 y 2010, la producción nacional promedió unos 450 mil quintales anuales, muy lejos ya del millón de quintales que el país llegó a superar en la década de los setenta, pero todavía suficiente para sostener buena parte del consumo interno. A partir de 2010, una combinación de factores aceleró la caída, con un impacto devastador entre 2012 y 2016, cuando la producción pasó de 460 mil quintales a apenas 90 mil.

El golpe más severo vino con la propagación de la roya del café, una enfermedad que encontró terreno fértil en plantaciones envejecidas y dominadas por variedades típicas sin resistencia genética. La falta de renovación de cafetales, sumada a precios internacionales deprimidos, redujo los incentivos para invertir y dejó a miles de productores operando con márgenes mínimos o abandonando el cultivo. El resultado fue una contracción productiva que puso en entredicho la autosuficiencia del país.

En ese contexto, iniciativas privadas orientadas a sostener la cadena local dieron la cara, para beneficio del país. Industrias Banilejas, a través de distintas acciones, buscó amortiguar la caída cuando el mercado internacional castigaba los precios, pagando un sobreprecio al productor y promoviendo cambios en el manejo agrícola. La empresa apostó además por la introducción de variedades mejoradas y resistentes a enfermedades, distribuyendo millones de plantas a nivel nacional, e invirtió en dos fincas propias manejadas con tecnologías agrícolas de alta eficiencia.

Una de esas fincas, ubicada en Hato Mayor, registra niveles de productividad que multiplican por veinte la media nacional, mientras que en Rancho Arriba se concentran las pruebas y la adaptación tecnológica para variedades ya introducidas y otras que se proyectan incorporar. Ese aprendizaje técnico sirvió de base para estructurar un programa de asistencia directa que, con el tiempo, fue tomando forma como un modelo replicable.

Ese esquema cristalizó en el programa Café Creciente, desarrollado por Induban con asesoría técnica de especialistas de Costa Rica, Colombia y Brasil. El enfoque se centró en prácticas agrícolas específicas: poda, manejo de sombra, fertilización y acompañamiento técnico continuo. Productores como Danny Castillo y Nerys Margarita Tejeda reportan incrementos de hasta un 40% en su producción en un período de dos años, apoyados también por fórmulas de fertilización diseñadas según las condiciones de cada suelo.

Industrias Banilejas es una empresa con más de 80 años en el mercado nacional que ha participado en todos los componentes de la cadena productiva del café: Desde la siembra hasta la taza.

Fundada por Manuel de Jesús Perelló Báez (Don Masú) hoy es dirigida por una tercera generación de la familia que ha expandido la firma a los mercados de Estados Unidos y Europa a través del uso de plataformas como Amazon y tras la firma de un acuerdo con la multinacional Goya Foods.

Mientras el sector privado ajustaba sus estrategias, el componente público (aunque se le critica la “timidez” y falta de acción) reactivó algunos programas de fomento. Datos del Instituto Dominicano del Café indican que solo en el último trimestre de 2025 se sembraron 2.2 millones de plantas, como parte de un programa de renovación que totalizó 2,281,574 plantas a nivel nacional. Las intervenciones abarcaron diez zonas productivas, con 3,716 tareas fomentadas y acciones de renovación en 5,286 tareas

Barahona–Pedernales concentró el mayor volumen, con 965,415 plantas sembradas, seguida de Peravia–San José de Ocoa, con 325,070. En San Juan–Elías Piña se intervinieron 300,348 plantas, con 531 tareas fomentadas y 621 renovadas, beneficiando a 156 productores, de los cuales ocho fueron mujeres. Azua registró 125,375 plantas, mientras Bahoruco–Independencia alcanzó 214,500.

Otras regiones también mostraron actividad relevante. Valverde–Santiago Rodríguez–Dajabón sumó 97,750 plantas, con renovación en 225 tareas. Santiago–Espaillat–Puerto Plata–Hermanas Mirabal reportó 155,700 plantas sembradas, y San Cristóbal–Monte Plata 17,806. En la Región Este–Samaná–Monte Plata se introdujeron 3,000 plantas de café robusta, alcanzando 43 tareas fomentadas, con participación limitada pero estratégica.

El desafío ahora no es solo recuperar volumen, sino sostener el ritmo. Desde el sector privado se estima que, si la tendencia se mantiene, en un plazo de siete años el país podría volver a cubrir su consumo con producción local. Para una industria con más de ocho décadas de presencia en toda la cadena, desde la siembra hasta la taza, el reto no es menor: reconstruir un cultivo que alguna vez fue columna vertebral de amplias zonas rurales y que hoy intenta abrirse paso entre tecnología, renovación y cambios estructurales profundos.