Margarita Cedeño

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Europa vive hoy una encrucijada geopolítica que, paradójicamente, resulta más ilustrativa para América Latina por contraste que por semejanza. El continente europeo enfrenta tensiones externas como la guerra en Ucrania, la redefinición de la relación transatlántica, la forma de gobierno de Donald Trump, las tarifas arancelarias, el ascenso de China, las presiones sobre Groenlandia y la presión migratoria, pero lo hace desde una arquitectura institucional que, con todas sus imperfecciones, existe.

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Por el contrario, América Latina atraviesa sus propias crisis sin un andamiaje regional capaz de generar coincidencias estratégicas mínimas ni de sostener una visión compartida de futuro.

La situación europea es compleja, pero no caótica. La Unión Europea, junto a sus organismos regionales y suprarregionales, ha permitido que países con historias, lenguas, intereses económicos y tradiciones políticas muy distintas encuentren espacios de coordinación. No existe la unanimidad ni la armonía permanente, pero sí se puede verificar la existencia de reglas, foros y mecanismos que canalizan las diferencias. Europa discute, negocia y, muchas veces, se paraliza; pero rara vez se desintegra del todo. Incluso en los momentos de mayor tensión, como el caso del Brexit, el desacuerdo se procesó dentro de marcos institucionales y democráticos.

La Europa de hoy acuñó la advertencia de Tony Judt, cuando decía que Europa no debía entenderse como un proyecto sentimental, sino como una construcción política basada en la memoria histórica y en el miedo compartido al retorno de sus propios demonios. Esa conciencia del pasado, forjada tras dos guerras mundiales, sigue operando como pegamento. Las divergencias ideológicas entre socialdemócratas, conservadores, liberales y nacionalistas no implican la anulación del adversario, sino su coexistencia conflictiva dentro del sistema. En Europa, la alternancia es regla; la sustitución total del otro, excepción.

América Latina ofrece el espejo invertido. A pesar de compartir lengua, herencia cultural y problemas estructurales similares, la región avanza cada vez más fragmentada. Los mecanismos de integración han sido frágiles, intermitentes o directamente instrumentalizados por coyunturas ideológicas. En lugar de consolidar políticas de largo plazo, relacionadas a la infraestructura, el comercio, la energía o la defensa democrática, se han convertido en extensiones del ciclo electoral. Cada cambio de gobierno redefine alianzas, desmonta lo anterior y vuelve a empezar desde cero.

La diferencia es institucional y profundamente política. En gran parte de América Latina, la disputa ideológica tiende a ser excluyente. No se concibe al adversario como un actor legítimo con el que se compite y se convive, sino como una anomalía que debe ser desplazada, neutralizada o, en el peor de los casos, eliminada del sistema. La alternancia democrática se vuelve así una revancha, no un relevo. Un sector del espectro ideológico sustituye al otro, no lo reemplaza temporalmente.

Judt también señalaba que la democracia liberal no sobrevive sólo por sus normas, sino por la cultura política que las respalda. Europa, con todas sus crisis, ha preservado una cultura del compromiso, del pacto incómodo y de la renuncia parcial. América Latina, en cambio, parece atrapada en una lógica de suma cero, donde gobernar implica refundar y oponerse implica destruir. Esa dinámica erosiona la confianza, debilita las instituciones y hace inviable cualquier proyecto de integración sostenida.

La encrucijada europea, entonces, no es solo geopolítica; es una lección política. Europa muestra que es posible sostener diferencias profundas sin romper el marco común y que la integración no elimina los conflictos, pero los ordena. América Latina enfrenta el desafío contrario, que es aprender a construir lo mínimo compartido antes de pretender grandes consensos, además de aceptar que la democracia no consiste en derrotar definitivamente al otro, sino en convivir con él.

Mientras Europa debate su lugar en un mundo cada vez más multipolar desde instituciones que la contienen, América Latina sigue navegando sus crisis en soledad fragmentada. La paradoja es que quienes más se parecen, menos se integran; quienes más difieren, han aprendido, al menos parcialmente, a tener coincidencias. Esa es la verdadera anécdota geopolítica que la región debería tomarse en serio.