José Flández
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Durante años, nos repitieron, y muchos lo creyeron, que Cuba era una potencia médica. Que su sistema de salud era gratuito, universal y de calidad. Que sus médicos eran héroes desinteresados, portadores de solidaridad, capaces de llegar a los rincones más remotos del mundo para salvar vidas. Y sí, algo de eso hubo. Pero también hubo mucho de propaganda… muchísimo.
La realidad que viven millones en Cuba, dista mucho del discurso oficial. Hay hospitales que se caen a pedazos, médicos que no tienen ni lo más básico para trabajar, pacientes que deben comprar todo, desde una jeringuilla hasta una pastilla de acetaminofén, por la izquierda, si es que lo consiguen. La salud es gratuita, sí. Pero ¿de qué sirve una consulta gratis si no hay medicamentos ni condiciones mínimas para atender una emergencia?
Lo vivió Yanelis, madre de un niño asmático en Cienfuegos. Durante un ataque respiratorio, recorrió tres centros de salud buscando un nebulizador que funcionara. En uno no había electricidad, en otro faltaban las medicinas, y en el tercero simplemente no había personal de guardia. “Tuve que correr a casa de una vecina que tiene uno viejo, de los rusos”, contó entre lágrimas. “Si no fuera por ella, yo no sé qué habría pasado.”
Ese tipo de angustia es común en Cuba. Y, sin embargo, afuera se sigue hablando del sistema de salud como un modelo ejemplar. La razón es simple: el régimen cubano ha sabido capitalizar esa narrativa. Ha utilizado a sus médicos como embajadores del socialismo y, al mismo tiempo, como una fuente crucial de ingresos.
Las misiones médicas, aunque presentadas como gestos de generosidad internacional, le han generado miles de millones de dólares al Estado, mientras los profesionales que las realizan reciben sólo una fracción de lo que paga el país anfitrión. Muchos trabajan bajo vigilancia, con contratos que restringen sus libertades, sabiendo que su familia quedó en la isla como garantía.
Además, las cifras que tanto se enarbolan, como la baja mortalidad infantil o la esperanza de vida, no son inmunes al maquillaje. Algunos estudios y testimonios apuntan a interrupciones médicas de embarazos de alto riesgo para evitar que afecten los indicadores. En otras palabras: se priorizan los números antes que las personas.
Pero nada de esto suele aparecer en los titulares internacionales. Quizás por desinformación, por simpatía ideológica, o simplemente porque cuestionar el mito de la medicina cubana incomoda.
Y, sin embargo, los cubanos lo saben. Lo viven. Lo sufren. En cada cola para conseguir una pastilla. En cada consulta donde falta todo. En cada médico que quiere servir, pero no puede porque aunque la vocación médica en la isla sigue viva, el sistema que la sostiene está herido de muerte.
La medicina cubana alguna vez fue un proyecto noble. Aún quedan profesionales valientes, capaces de hacer milagros con nada. Pero ya es hora de dejar de repetir el relato oficial como si fuera verdad absoluta. Porque un sistema de salud no se mide por la propaganda, sino por lo que vive su gente y la gente, en Cuba, está cansada de sobrevivir entre mitos…