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Santo Domingo

Tóxicos adictivos audiovisuales

Sergio Sarita Valdez

¿Quién no ha escuchado frases como: “El mundo ponche emborracha”, “Lo demasiado cansa”, “La paciencia se agota”? Fue el uso y abuso de los refranes lo que consumió la calma del valiente hidalgo don Quijote de la Mancha y lo llevó a reprender a su humilde escudero Sancho Panza. En la Europa del siglo XVII no le resultó difícil al amo corregir de inmediato el diálogo con el subalterno.

Traslademos ahora la escena al año 2025 de nuestra era. El mismo conversatorio tendría lugar a través de WhatsApp en un teléfono inteligente. Los momentos de “reposo” estarían invadidos por episodios de Tiktok, notificaciones de Instagram, Facebook, Google y banners inesperados. Quizás muchos hasta qué punto esta invasión mediática ha colonizado la vida cotidiana de la juventud moderna.

No hace mucho asistí como espectador a un evento científico repleto de profesionales jóvenes. Me situé en las últimas filas. Desde allí pude observar a decenas de intelectuales menores de 35 años durante una interesante charla. Casi todos mantenían las pantallas de sus celulares encendidas; apoyadas sobre las mesas o entre sus piernas. La atención de los asistentes oscilaba entre la pantalla del expositor, el rostro del orador y sus propios dispositivos. Algunos respondían mensajes; otros, en minoría, tomaban discretamente fotos del acto. Al final, todos aplaudieron al unísono y el disertante bajó del podio aparentemente satisfecho.

La magia de la Era Digital nos permite estar y no estar en un mismo lugar, mientras virtualmente habitamos varios espacios a la vez. Recibimos y enviamos información de forma continua, solicitada o no. Salvo en una conversación cara a cara, nunca podemos estar seguros de si nuestro interlocutor está realmente “en sintonía” con nosotros. Me imagino lo desalentador que sería un expositor descubrir lo desconectado que estuvo su público durante la charla.

Vivimos intoxicados por el bombardeo automático de datos. Los algoritmos, alimentados por la inmensa data que recopilan, conocen nuestros gustos y hábitos. Nos vigilan y moldean las 24 horas, diseñando una agenda programada por los dueños de las grandes corporaciones mediáticas. Nos fabrican héroes y heroínas, candidatos políticos, temas sociales de moda, noticias impactantes, tendencias en ropa y calzado, destinos turísticos, cursos a “elegir”, películas por ver, series que seguir y productos por consumir.

Somos instrumentos de las redes audiovisuales dominantes. Nos manipulan para pensar y razonar dentro de sus parámetros, generando respuestas predecibles. Muchos videojuegos moldean las mentes infantiles, persisten en la adolescencia y se consolidan en la adultez. Revertir ese orden resulta casi imposible por ahora. El contagio generacional es tan grave que, tristemente, se asemeja a una epidemia de fiebre porcina: esta última se resuelve sacrificando a todos los cerdos de las granjas, pero semejante terapia es moralmente inviable en el Homo sapiens.

¡Solo el tiempo hará que esta moda desaparezca!

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